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Detrás de las grandes avenidas la otra Río de Janeiro

Personas de todas las edades camnan por la avenida Río de Janeiro de Caracas / Foto de Omar Veliz

Personas de todas las edades camnan por la avenida Río de Janeiro de Caracas / Foto de Omar Veliz

Una vía contemplativa, en la que la arquitectura juega un papel fundamental en la construcción de sus dinámicas cotidianas

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Las ciudades tienen velocidades diferentes, y siempre es grato salirse del agite de las vías principales, que con frecuencia asemejan ductos que mueven con apuro vehículos y gente. Cuando se solapan demasiadas calles de ese tenor, la sensación al caminar no resulta tan agradable. Siempre se agradece tener la posibilidad de andar “por detrás de” o “al costado de”, a un ritmo que permita contemplar, interactuar, mucho mejor si a la vez podemos estar cerca de esas vías principales, vivir cerca del tumulto. La avenida Río de Janeiro, en la urbanización Los Caobos, tiene esa particularidad.

Esa avenida tiene claro su comienzo y su final. Es una línea recta, casi plana, con dos puntas ciegas que secciona en dos todas las vías de Los Caobos, urbanización que fue diseñada por Luis Roche sobre una pendiente. Al comienzo de la calle observamos, como desde una plataforma, algunas edificaciones de su vecina urbanización Maripérez, y al fondo, como monumento a los tiempos que corren, la torre de David. Por la otra punta, al final del recorrido, literalmente nos hundimos en medio de los edificios ubicados en la manzana enmarcada entre las avenidas Las Acacias, Libertador y Los Apamates.

El primer tramo está signado por la presencia de casas de aspecto señorial, de los años cuarenta, algunas desvencijadas, otras desfiguradas, otras ocultas por escenografías comerciales y unas pocas transformadas en discretos bunkers. Los edificios de esta avenida de la década de los cincuenta muestran ese cariño tan propio de la “arquitectura anónima” de esa década. Generosos balcones, cuidado de los detalles en fachadas, relación amistosa con la calle. Colosseo, Santa Irene, Iskia, Río y Caurimare son buenos ejemplos, cada uno con su particularidad que bien vale la pena detallar.

Esta Río de Janeiro, radicalmente distinta a la que se localiza al borde del río Guaire, discurre equidistante y paralela entre otras dos avenidas que fluyen con mucha agitación: la Andrés Bello y la Libertador. El contraste es notorio. La altura de las edificaciones, la sombra de sus árboles (muchos de ellos, lamentablemente, no eran los adecuados para aceras: ficus, caobos, cauchos) generan una relación cercana con la calle. No todos, pero la mayoría de los edificios tienen comercios en la planta baja, lo que propicia la vitalidad indispensable.

Las avenidas La Salle y Las Palmas producen, a lo interno de la urbanización, un cortocircuito como consecuencia del volumen y velocidad del tránsito de vehículos. No obstante, en la intersección con Las Palmas se produce mucha actividad peatonal por la presencia de comercios específicos (banco, pastelería, ferretería, farmacia), pero sobre todo por el puesto de venta de flores, ubicado en ese punto desde 1969, y el vendedor de tamales y hallacas, que se coloca al otro lado de la calle, a la sombra de tres cauchos portentosos.