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Arpa, bucare y ceviche

Su aspecto es duro, inhóspito, pero estas tres cuadras contienen maravillas: un enorme bucare, una cevichería peruana y una fábrica de arpas, todo vigilado desde lo alto por la Torre de David

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Desde abajo, desde la avenida Andrés Bello, quien no ha caminado esas calles "de atrás" no intuye un tono tan diferente al de los mosaiquitos que ensalzan a Miranda en el mural en los predios entre la Contraloría General de la República y el Viceministerio de Tecnologías de Información y Comunicación. Pero al no más mirar de refilón hacia la Torre de David cualquiera comienza a suponer imágenes poco potables, aunque ya sabemos el riesgo de error que implica suponer en vez de ver. Definitivamente: imaginar no es lo mismo que andar. 

No hay dudas de que hay una Contraloría por delante y otra por detrás, donde hay una siembra de basura y escombros. Esto es así porque muchos edificios (incluso del Estado) tienen esa mala costumbre de mirar hacia un solo lado. No se abren, no sirven para atravesar. Parecen privados en vez de públicos. Pero, afortunadamente, no sólo hay desechos: hay oportunidades. 

Hay identidad, hay patrimonio, hay riqueza urbana. Al menos hay tres conjuntos diferentes de viviendas de varias décadas de historia, que van desde casas neocoloniales, años cuarenta, hasta otras de líneas modernas, de los cincuenta, que en cierta forma revelan el crecimiento de Caracas del centro hacia el este.

Hay una fábrica de arpas e instrumentos de cuerda que tiene más de tres décadas instalada allí, entre esas calles que se disparan hacia Sarría donde se consiguen instrumentos económicos de buena calidad. 

Una fábrica que una buena acera nos hiciera "intuir" desde la Andrés Bello para, entonces sí, adentrarnos y encontrar. 

Abrir la posibilidad de caminar hacia arriba asumiendo que las imágenes de la Torre de David son apenas un fragmento de esa realidad (por cierto: ya va pareciendo que este controvertido ícono urbano no es la deconstrucción de una torre financiera, sino un proyecto exagerado e inconcluso de vivienda social). 

Hay cosas que ver, como los trabajos de los niños de la Virgen de Las Mercedes, pegados a la entrada del preescolar, o el esbelto bucare que preside el enorme terreno vacío que pertenece a la Contraloría General de la República. 

Y cosas que probar, como la cevichería peruana (un local a la sombra de las grandes torres), o unas empanadas de perico con queso en un local modesto e impecable, casi ajeno a un lugar con este alucinante paisaje de arquitectura inacabada. Y decimos "casi ajeno" porque, en realidad, allí lo que se respira entre comensales es pertenencia, hábito, costumbre. 

Más allá de esa burda estructura de concreto que naufragó y quedó anclada en el territorio, más allá del montón de basura y escombros, hay una calle con posibilidades de convertirse en vínculo perfecto entre la velocidad de la avenida Andrés Bello y la tranquilidad de las calles de Sarría. Es la posibilidad de un camino, que para los efectos de este recorrido culmina en un estallido multicolor de frutas y verduras que parecen haberse desparramado desde el Mercado de Guaicaipuro hacia la avenida.