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Andar con tropiezos

Caminamos casi ocho kilómetros, atravesamos los municipios Sucre, Chacao, Baruta y Libertador; todos tienen en común que las aceras están llenas de minúsculos obstáculos

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Más allá de que este recorrido tiene que ver con obstáculos en las aceras, asunto que hemos tratado muchas veces, el de hoy tiene algo para nosotros revelador: la enorme cantidad de personas adultas y mayores que encontramos caminando con bastones por nuestras calles durante el trayecto. No estamos hablando de gente con muletas o en sillas de rueda, ni invidentes, sino de personas que necesitan un apoyo para andar. No los contamos, pero ahí estaban, cruzando indecisos en un rayado, tratando de treparse a una acera muy alta, evitando los obstáculos más visibles.

La idea del trayecto era hacer visibles dos pequeños obstáculos: pernos y bases que quedan adosadas a la acera luego de que retiran elementos de mobiliario urbano (postes, semáforos, señales de tránsito, objetos publicitarios). Son como cicatrices y queloides, verrugas vergonzosas. A las bases les pintamos una flecha amarilla, y a los pernos los encerramos en un círculo del mismo color, como un cirujano que marca el área a extirpar. La función de esta acción es doble: el que camina nota algo extraño en la superficie de la acera, y quien las administra debería sentirse conminado a actuar: aprovechar estas marcas y proceder a retirar estos elementos. Contraloría social sobre la marcha.

Los caraqueños se han acostumbrado a estas trampas (como a tantas otras) y esto debería cambiar. Son minúsculas, pero de alta peligrosidad. Esta es una invitación para que los viandantes asuman un papel más activo, más beligerante, más exigente. Que rompan con la inercia de andar entre obstáculos como si se tratara de una condena perpetua. Este es un ejercicio político ante el territorio devastado que son la mayoría de nuestras aceras.

No sirve aguzar la visa propia y hacerse un artista de la evasión de obstáculos: es un problema sistémico, de todos, aunque afecte a unos más que a otros.

En el camino algunos nos miraban y preguntaban qué hacíamos, para otros era evidente que señalábamos algo que parecía una anomalía.

La pregunta es: ¿cuántos asumirían ir con su aerosol en la mano, pescando estos voluntarios olvidos de quienes gestionan nuestras aceras? Más allá de algunas diferencias entre estos cuatro municipios, por la vía de los hechos, todos comparten esta insensibilidad hacia los más vulnerables. Un poquito de rigurosidad no les vendría mal.