• Caracas (Venezuela)

Brian Fincheltub

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Las siete plagas de Nico

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Como si se tratara de las plagas de las escrituras, nuestro país vive en la actualidad un conjunto de situaciones catastróficas que claramente nos ubican es un escenario de crisis humanitaria. Como en aquellos tiempos del faraón, un hombre se niega a liberar a un pueblo que ha esclavizado a la miseria. La sola diferencia con las siete plagas de Egipto es que esta vez el castigo no ha sido divino, sino el resultado de un modelo fracasado del cual Nicolás Maduro ha sido solo un buen continuador: El socialismo del siglo XXI.

La escasez es la primera plaga, aquí los campos y los silos no los arrasó un enjambre de langostas, sino una banda de malandros que pistola al cinto se adueñaron de tierras y empresas en su gran mayoría productivas. No fue el pueblo el que vino a administrar lo que se le arrebataba a otros venezolanos, fue una burocracia corrupta que usando la fachada de la democratización y el empoderamiento de la clase trabajadora se encargó de destruir todo a su paso. Quizás las langostas y ranas que asotaron el antiguo Egipto fueron más benevolentes que esta banda llena de odio y resentimiento que lo que dejó fue una razia.

La inflación es la segunda plaga, ella hace que lo poco que logra sobrevivir al saqueo rojo se vuelva prácticamente inalcanzable para la mayoría de la población, mientras el palacio presidencial vive la abundancia de una cúpula que poco las penurias de su pueblo, cuyos lujos son cada vez más visibles, porque a medida que la crisis se agrava, más fácil es percibir los privilegios. La escasez y la inflación traen como resultado la hambruna, hoy son cada vez menos venezolanos los que pueden completar sus tres comidas al día, mientras el desgobierno nos pide que tengamos fe.

La tercera plaga que amenaza con diezmar la población de nuestro país es el hampa, las muertes por la delincuencia superan las bajas de países en guerra. Caracas es más violenta que Damasco o cualquier ciudad Siria bajo el terror del Estado Islámico. Hay quienes hablan del uso de la delincuencia como un mecanismo de control social, para obligar a los venezolanos a dejar el país y a quienes no pueden a vivir con miedo. El hampa común se confunde con el hampa política, el narcotráfico y las mafias se apoderaron de la estructura del Estado.

En la cuarta plaga esta vez los rios no se tiñeron de rojo, los rojos hicieron que los embalses y represas que operaron durante años siendo modelo para el resto de Latinoamérica se secaran, que su capacidad colapsara por la falta de inversión y mantenimiento. No se tomaron previsiones frente a fenómenos naturales que periódicamente vive la tierra y hoy vivimos la más grande sequía de los últimos años. Pueblos y ciudades enteras que viven como camellos, obligados a pagar por el agua en un país donde el vital líquido fue declarado un derecho humano.

La oscuridad también se apoderó de Venezuela, no solo en el sentido de la falta de energía eléctrica, sino lo que significa el oscurantismo para una nación. Tiempos difíciles que se caracterizan por la pérdida de valores y la destrucción de nuestra identidad.

Cuando el doctor Arnaldo Gabaldón acabó con el paludismo y la malaria el siglo pasado jamás se imaginó que volverían a ser epidemias medio siglo después en pleno siglo XXI. Si a eso le sumamos las nuevas enfermedades, la escasez de medicamentos y la dramática situación de los hospitales hacen que un dengue en estos momentos sea prácticamente una sentencia de muerte. Volvieron los tiempos de la medicina natural, ni la aspirina se consigue.

Estas son las siete plagas del socialismo del siglo XXI, las que han hecho de la vida en Venezuela un asunto de supervivencia. Lo único esperanzador de este panorama es que a las siete plagas de Egipto le siguió la libertad del pueblo de Dios, hoy le pedimos a Dios por la libertad del pueblo de Venezuela.

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