• Caracas (Venezuela)

Brian Fincheltub

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El juego de Tibisay

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El juego de Tibisay no es ni siquiera estrategia propia, obedece a la orden que le imparte su jefe, o sus jefes, para evitar que en Venezuela se produzca una salida constitucional y pacífica. Que los venezolanos nos entendamos en paz y saldemos nuestras diferencias a través del voto es una tragedia para quienes dejaron de confiar en la voluntad del pueblo desde el momento que comenzaron a perder elecciones. Es una verdadera catástrofe para quienes solo aspiran a abandonar el poder como mártires y no como la mayoría los identifica hoy: la élite más inmoral y corrupta que se haya instalado en Miraflores.

Al chavismo en estos momentos le va muy bien el refrán: Mucho cacique y poco indio. Allí no se sabe quién manda. Lo cierto es que hasta el más caído de la mata se da cuenta de que no es Nicolás; quizás Cilia tenga más voz a la hora de pelearse por la conducción de ese autobús sin frenos en el que se ha convertido la otrora “revolución”. Lo cierto es que Maduro no manda ni en el propio madurismo.

Este despelote es el que tiene a Tibisay como pajarito en grama. No sabe a quién cogerle línea, un día le dicen algo y al otro le cambian la seña. Pero ella no quiere arriesgar el pellejo, unos controlan el partido, otros tienen el billete y los más determinantes en esta pelea controlan las armas. Busca mantenerlos a todos contentos, claro está, menos a la oposición.

Aunque la banda no tenga jefe claro, hay intereses que los unifican a todos: Enconcharse detrás del poder y estirar la arruga hasta que aguante. Por eso no permitirán la activación de ningún mecanismo constitucional que implique para ellos perder la impunidad que los cobija. Por eso el juego está trancado y no les importa cuántas vidas estén en riesgo con tal de salvar la suya.

El chavismo se parece a la escena de un naufragio donde los más vivos toman impulso hundiendo a los demás, pero por más manotón que dan, al final también terminan ahogándose.

Es inevitable que en estos momentos se apodere de la mayoría del país la desesperación, lo que no nos puede vencer es la desesperanza. Ellos no solo son cada vez menos, sino que sus desgracias se muestran cada vez desnudas. Alargan su agonía, como diciéndonos: “Estamos más vivos que nunca”, pero hasta el ave más fuerte luego de recibir un plumazo en el ala termina por caer, así continúe volando unos cuantos metros más, y este gobierno no tiene un plomazo en el ala, tiene varios.

Ellos saben que saldrán del poder, lo que no entienden es que lo harán en paz, recibirán una gran lección de un pueblo al que primero engañaron y luego subestimaron. No habrá una historia épica que contar sobre lo que fueron, solo una lección a repetir para siempre, porque jamás y nunca la volveremos a repetir.