• Caracas (Venezuela)

Brian Fincheltub

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Brian Fincheltub

¿Qué habría hecho yo?

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Yair Lapid, ministro de Economía de Israel, en un discurso recientemente pronunciando en Alemania se hace la pregunta que miles de judíos y no judíos nos hemos hecho desde el fin del Holocausto ¿Qué habría hecho yo? Hoy decidí dedicarle gran parte de este artículo a reproducir su brillante, oportuna y certera respuesta. En ella, Lapid no solo contesta anclado en el ayer, sino que nos da elementos claros para preguntarnos en cualquier contexto de la actualidad ¿Qué debemos hacer hoy?

“Qué habría hecho yo, judío si hubiese estado en Berlín en 1933, cuando Hitler llegó al poder? ¿Habría escapado? ¿Habría vendido mi casa, habría vendido mi negocio? ¿Habría sacado a mis hijos de la escuela en el medio del año lectivo? ¿O me habría dicho a mí mismo: esto pasará, es simplemente una locura momentánea, Hitler dice todas estas cosas porque es un político que desea ser electo? Sí, él es antisemita, pero ¿quién no lo es? Hemos pasado por cosas peores. Es mejor esperar, agachar la cabeza. Esto también pasará.

“¿Qué hubiera hecho yo, si yo fuese un alemán en Berlín el 18 de octubre de 1941, cuando el primer tren salió de esta plataforma, en dirección al Este, llevando 1.013 judíos -niños, mujeres, ancianos- todos destinados a la muerte?

“Yo no pregunto qué habría hecho si yo hubiese sido un nazi, pero… ¿Qué habría hecho yo si hubiese sido un simple alemán, honesto, a la espera de su tren diario aquí en esta estación? Un ciudadano alemán de la misma edad que yo tengo ahora, con tres hijos como los míos; un hombre que hubiese educado a sus hijos con los valores de la decencia humana básica y del derecho a la vida, y al respeto. ¿Habría permanecido en silencio? ¿Habría protestado? ¿Habría sido uno de los pocos berlineses en unirse a la clandestinidad anti nazi, o hubiese sido uno de los muchos berlineses que siguieron adelante con su vida fingiendo que no pasaba nada?

“¿Y si yo hubiese sido uno de los 1.013 judíos en ese tren? ¿Me habría subido al tren? Habría tratado de ayudar a escabullirse a mi hija de 18 años de edad a los bosques del norte? ¿Le habría sugerido a mis dos hijos luchar hasta el final? ¿Habría dejado caer mi maleta y empezado a correr? O habría atacado a los guardias de uniformes negros y deseado una muerte rápida y honorable en lugar de morir lentamente de hambre y bajo tortura?

“¿Por qué no pelearon? Esa es la pregunta que me persigue. Esa es la pregunta con la que el pueblo judío ha estado luchando desde que partió el último tren hacia Auschwitz. Y la respuesta -la única respuesta- es que no creían en la totalidad del mal. Sabían, por supuesto, que había gente mala en el mundo, pero ellos no creían en la existencia de un mal total, un mal organizado, sin piedad ni titubeos, un mal frío que los miraba, pero no los miraba ni por un instante, como humanos. Para sus asesinos, ellos no eran personas. No eran madres o padres. No eran hijos de alguien. Para sus asesinos, ellos nunca celebraban el nacimiento de un niño, nunca se enamoraban, nunca sacaban a su viejo perro a pasear a las dos de la mañana, o reían hasta llorar con la última comedia de Max Ehrlich.

“Eso es lo que necesitas para matar a otro hombre. Para estar convencido de que aquel no es en absoluto un hombre. Cuando los asesinos miraban a las personas que partían de esta plataforma en su viaje final, no veían a padres judíos, solo a judíos. No eran poetas judíos o músicos judíos, solo judíos. No eran señores Braun o señoras Schwartz, solo judíos. Es la destrucción comienza con la destrucción de la identidad”.

En su respuesta Lapid se coloca en el lugar del perseguido, del indiferente y hurga en la mentalidad del opresor. Hoy sabemos que la totalidad del mal existe, que hay gente dispuesta a todo para conservar el poder, sabemos que siguen siendo muchos los indiferentes, aquellos que viven su vida creyendo que nunca la injusticia los alcanzará. Hoy se repite esa pretensión de borrarle la identidad a quienes discrepan, de etiquetarlos para hacerlos menos humanos, menos personas. No puedo decirles si hemos aprendido la lección, si la humanidad ha aprendido, pero al menos de sorpresa no nos agarrarán. “No nos volveremos a montar en el tren”.

Tenemos la obligación frente a este escenario de replantear la pregunta ¿qué haríamos hoy? Hablo por mí, ni siquiera por familia, yo me quedo y lucho, me quedó sabiendo que jamás podemos volver a bajar la cabeza, me quedo convenciendo a los indiferentes que no basta con voltear a otro lado para salvarse. Me quedo mirando de frente al opresor y enfrentándolo con la convicción de la dignidad. Me quedo esperando para abrazar al familiar, al amigo que regresará cuando volvamos a ser lo que fuimos. Me quedo aunque vea saliendo al último agarrar su maleta. Me quedo aunque algunas veces pensemos que el país te bota a patadas. Mi respuesta es me quedo. Sigo aquí fundamentalmente en mi condición de venezolano, estoy seguro junto a mi hay muchos más.