• Caracas (Venezuela)

Brian Fincheltub

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La caída de un capo, el resurgimiento de un país

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“Así como hay fenómenos que compulsan el desaliento y la desesperanza, no vacilo un instante en señalar que el talante colombiano será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta y más próspera”. Fue el último editorial del periodista, Guillermo Cano Isaza, director del diario El Espectador de Colombia. Horas más tarde, el 17 de diciembre de 1986, aproximadamente a las siete de la noche, fue asesinado por dos sicarios en una moto pagados por Pablo Escobar.

Eran tiempos oscuros en el país hermano, las mafias se habían apoderado del país, del poder político, de la justicia, habían tejido alianzas con el poder económico. Todo parecía podrido, Colombia era conocida mundialmente por el negocio de la droga y por la guerra. El narcotráfico era la industria más rentable. Nadie parecía insobornable, todos era susceptibles a caer ante tanto poder. Otros, para “salvarse”, optaron por guardar silencio frente a todo aquel terror que se había apoderado de Colombia.

En medio de todo este panorama el periodista Guillermo Cano escribió su editorial. En el momento más difícil de su país se mostraba optimista, aferrado al futuro, sin saber que perdería la vida por defender la verdad, por ser frontal contra las mafias, por denunciar, por no asumir la complicidad. Su lema: “Hay que decirle a la mafia: ¡Ni un paso más!”. Nunca lo dio, tampoco el diario El Espectador, quien no solo soportó la muerte de su ilustre director, sino que el sábado 2 de septiembre de 1989, el periódico fue blanco de un atentado terrorista orquestado por Pablo Escobar y sus sicarios.

Fue Guillermo Cano quien encontró en las mismas páginas del periódico la prueba de los vínculos de Pablo Escobar con el tráfico de drogas: en junio de 1976 el diario había publicado una noticia que daba cuenta de la captura de Escobar, cuando intentaba sobornar a dos agentes policiales para evitar que un cargamento de droga fuera incautado. También se conoció que los dos agentes que lograron la captura del capo fueron asesinados y la jueza que llevaba el caso había sido amenazada.

Escobar quedó expuesto y aunque intentó a toda costa buscó evitar que El Espectador circulara, su nombre ya estaba asociado con el narcotráfico. Fue entonces cuando un juez llamado Gustavo Zuluaga reabrió el proceso por el asesinato de los agentes del DAS y firmó una resolución de acusación contra Escobar que llevó a que el 20 de octubre de 1983, con el impulso de Rodrigo Lara, para entonces Ministro de Justicia, la Cámara de Representantes le levantara la inmunidad parlamentaria al capo. Escobar tuvo que dar un paso al costado y renunciar a su cargo.

Desde ese momento comenzó la guerra de Pablo Escobar contra el Estado, que manchó de sangre al pueblo colombiano durante años.  El 2 de diciembre de 1993 Colombia cerró una de las páginas más violentas de su historia con la muerte del capo de la droga. Hoy, 21 años después, Medellín, principal campo de operaciones de Escobar, es ejemplo de gobernabilidad, innovación y cultura ciudadana. Es la misma ciudad donde hace apenas dos décadas, prácticamente la única opción para los jóvenes era ser sicarios.

Hoy Colombia exporta mises y nosotros cocaína, son cada vez más venezolanos los que se refugian en el país hermano por la violencia, hoy el eslogan turístico de Colombia es “el riesgo es que te quieras quedar”. Es el país donde reinaba el terror y de desesperanza, donde todo parecía podrido y corrompido. Nadie apostaba a que Colombia pudiese levantarse y lavarse el rostro. Es el resurgimiento de una nación.

Yo hoy suscribo las palabras de don Guillermo Cano y me permito adaptarlas a nuestra realidad: Aunque los hechos que vive Venezuela puedan llenarnos de desaliento y desesperanza, no vacilo un instante en señalar que el talante nuestro será capaz de avanzar hacia una sociedad más igualitaria, más justa, más honesta, más próspera y sobre todo más democrática. Eso júrenlo. Contra la mafia ¡Ni un paso atrás!

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