• Caracas (Venezuela)

Brian Fincheltub

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Brian Fincheltub

Venezuela, un Estado fallido

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Es definición básica del Estado afirmar que tiene el monopolio de la violencia legítima, necesario es subrayar la palabra monopolio, es decir, no comparte con nadie el uso de la fuerza. En consecuencia, no puede ningún otro ente u organización arrogarse la protección de los ciudadanos, ni mucho menos comprometer su seguridad retando la autoridad del Estado. Frente a este choque entre el deber ser y la realidad, nos preguntamos todos: ¿quién manda en Venezuela? La teoría también nos diría que somos un Estado fallido. ¿Qué es eso? Un territorio donde no existe la ley y manda el más fuerte, donde todos sobreviven a una guerra sin control.

Hay varios ejemplos que confirman que esa es la situación venezolana. El primero que pondré es uno que viven los habitantes de los frontera desde hace años y que se comienza a expandir por los llanos venezolanos, incluso por zonas que se habían mantenido en relativa tranquilidad en medio de tanto caos. Hablamos del cobro de vacunas por parte de grupos irregulares, bien sea guerrilla o grupos delictivos. La vacuna es el pago en especies, en bolívares y en algunos casos hasta en dólares, de un impuesto a la vida que les permite a comerciantes, agricultores y ganaderos recibir protección de grupos delictivos, siempre y cuando haya continuidad en el pago. Quien no paga, asume las consecuencias, pierde la inmunidad. Sucede que en muchos casos quien se ve imposibilitado de pagar y quiere seguir viviendo tiene que vender y huir.

Nos vamos a la ciudad, donde hay procesos que se venían arrastrando desde décadas atrás, pero que se potenciaron en los últimos diez años y hay otros que peligrosamente se han impulsado desde el poder político. En nuestras grandes ciudades hay sectores donde no entra un funcionario policial, y ya pareciera haberse implantado una convención en las comandancias de policías de que se trata de territorios liberados, donde el control está a cargo de bandas criminales. Aquí los ciudadanos quedan en medio de una guerra donde las bajas en la mayoría de los casos las encabezan inocentes. Nadie habla, mandan el hampa y el miedo.

El otro fenómeno, uno de los más peligrosos, viene impulsado desde el propio Estado, nacen como fuerzas de choque al inicio del gobierno, bajo el nombre de “círculos bolivarianos” y se agrupan años más tarde en los denominados “colectivos”. Ellos también controlan territorios, siendo representativo el caso del 23 de Enero, donde cuentan con circuito cerrado de vigilancia, proveen a los habitantes de esa zona de algunos servicios, como televisión por cable, que cobran a precios más bajos, además afirman que son responsables de la seguridad. Aquí el Estado ha concedido voluntariamente que, a pocas cuadras de Miraflores, el control lo tengan grupos paramilitares y no las fuerzas legítimas del orden.

Lo que pasó esta semana confirma lo que se teje peligrosamente detrás de estos grupos, dirigidos en su mayoría por exfuncionarios policiales o personal entrenado militarmente, asumen cada vez más poder, incluso retando al Estado. Hay un conflicto de intereses y surge un enfrentamiento, y se demuestra finalmente, después de desmentirlo tantas veces, que son grupos armados, donde muchas veces lo ideológico es usado como escudo para delinquir.

La descomposición llega a niveles extremos cuando uno no sabe si denunciar representa un riesgo mayor para nuestra seguridad, cuando se pierde toda confianza en el Estado, que nunca aparece para resguardarnos, para garantizar nuestra seguridad y derecho a la vida, pero que está siempre para intimidar, para perseguir y encarcelar a disidentes. Tiempos difíciles que nos tienen que llenar de valor, que nos deben hacer más dignos en este camino que no solo busca recuperar la justicia y la paz, sino la confianza de vivir y creer en Venezuela. Yo apuesto por mi país.