• Caracas (Venezuela)

Brian Fincheltub

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Presos de odio

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La libertad no se limita al encierro dentro de un espacio físico, hay quienes dicen ser libres y tienen menos capacidad de acción que aquellos que permanecen tras las rejas. Cuando se odia, se está preso también, todo lo que se piensa y se hace deviene del peor de los sentimientos humanos.

Una persona que odia está enferma, pierde el sentido común, la compasión, pierde hasta su propia identidad. Se desdibuja para actuar en grupo, para unirse a la parte opresora, no ve consecuencias a futuro de lo que hace, pues se siente protegida detrás del poder y la impunidad. Por eso no sienten arrepentimiento de lo que hacen, no hay culpa, la mayoría duerme bien. No hay súplica y llanto que pueda detenerlos, el sufrimiento del otro quizás los regocija más.

El “otro” no es una persona para ellos, quizás es menos que un animal. Por eso todos los regímenes totalitarios despersonalizan al oponente, lo convierten en enemigo, degradan el discurso político a una arenga llena de odio. Por eso en Ruanda los tutsis eran llamados cucarachas; en Alemania los judíos representaban unos gusanos para los nazis, y en Libia los opositores, parásitos.

Durante más de 16 años se ha alimentado el odio entre venezolanos, los resultados están a la vista de todos. Los rostros de odio de quienes a golpes y balas quieren acabar con el contrario hablan por sí solos. Pero lo más grave es la judicialización de la política, que esta semana cobra una nueva víctima: Leopoldo López.

Las ideas no se defienden asesinando, golpeando o persiguiendo. Se defienden debatiendo, respetando la visión del otro, aunque esta no se parezca en nada a la tuya. El odio, la revancha y el resentimiento no son sentimientos que deben entrar en el debate político, pero en nuestro país fue eso precisamente lo que suplantó el debate.

Quienes hoy reprimen, persiguen y encarcelan tampoco están libres. Están condenados para siempre a vivir con odio, resentimiento y rabia. Solo ellos pueden absolverse.