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Caracas, la oscura

Muchos viajeros que vienen de otros países y llegan a Caracas se sorprenden y comentan la oscuridad que observan en las calles y avenidas de nuestra ciudad capital.

La sensación general que perciben es de penumbra y sombras, calles con poca iluminación, focos y luminarias apagadas algunas, rotas otras. La mayor parte de las ciudades del mundo se esmeran por proyectar una imagen luminosa, brillante y alegre que invite al uso de las áreas públicas, al disfrute de la urbe y de las actividades, servicios y eventos que ocurren y se generan al caer la noche.

Caracas proyecta una imagen muy distinta. Como consecuencia de la crisis energética que comenzó en el 2009 y que aún no se ha superado, comenzaron los recortes de uso de luz eléctrica. Si bien por razones de precaución política y social, la capital fue menos afectada que otras ciudades del país, se redujo el uso de energía en calles y sitios públicos, los centros comerciales suspendieron el uso de las escaleras mecánicas y algunos hasta el aire acondicionado, se dejaron de encender luces que iluminaban edificios públicos y privados. Se intentó aplicar apagones programados, pero eso comenzó a generar un costo político demasiado elevado en la capital, pero muchos faroles que dejaron de prenderse en ese momento no volvieron a encenderse.

De alguna manera los caraqueños nos hemos acostumbrado a las tinieblas, pero para los que vienen de otros países les sorprende y lógicamente asocian la oscuridad con las advertencias e información de cifras de crimen y delincuencia que han escuchado sobre Caracas. Y con lógica naturalidad se preguntan: ¿Cómo es posible que en una ciudad que tiene tantos problemas de inseguridad la iluminación pública sea tan deficiente? A los visitantes extranjeros también les sobrecoge la soledad de las calles y lugares públicos en la noche, que contrasta con el tráfico y efervescencia diurna. Esto, afirman, contribuye aún más a la sensación de miedo y peligro que ofrece la capital.

Otros aspectos de la Caracas de día no ayudan a dar imagen de una ciudad segura: el tráfico desordenado y caótico, con las oleadas de motorizados que vuelan por las autopistas abriéndose paso con sus agudos cornetazos, los autobuses de transporte público deteriorados, la basura amontonada y sin recoger, carcazas de carros desvalijados y abandonados, derrumbes y obstáculos en la vías sin recoger o reparar, alcantarillas faltantes y huecos a diestra y siniestra, edificios con la pintura caída, alambre de púas, concertinas y cercas eléctricas coronando las rejas; vendedores informales en el medio de las avenidas o en los tenderetes ocupando las aceras. El vehículo priva sobre el peatón, las reglas de tránsito no se respetan...

Como una espiral ascendente sin fin, la inseguridad ha marcado y deformado la ciudad y sus espacios y, al mismo tiempo, algunas medidas para prevenir la inseguridad o servicios públicos deficientes contribuyen a aumentar la sensación de peligro.

Una característica de las grandes ciudades es que sus habitantes marchan a un ritmo acelerado, preocupados por sus negocios, comercios, la economía o la crisis. Para el venezolano y especialmente para el caraqueño, a todos sus problemas se les añade la tensión adicional que genera el miedo producido por la inseguridad.

Uno de estos visitantes muy observadores me comentaba ya cuando se marchaba: Qué maravilla de clima y naturaleza; tienen todos los colores de la selva dentro de la ciudad, pero no sé cómo hacen para poder vivir en Caracas.

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Sobre el autor

Marcos Tarre

Arquitecto, novelista y analista de seguridad venezolano. Autor de conocidos bestsellers de los años 80 y 90.

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