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¿En verdad, tendrá la Historia un valor objetivo?

Probablemente sí. La historia de la humanidad es un clásico ejemplo de cómo cada quien relata los hechos de acuerdo con sus conveniencias e intereses. Así las cosas, incluso ni la historia del hecho deportivo logra escapar a veces de esa clase de tendencias. Y conste, que si existe un evento donde la objetividad alcanza su máxima expresión, quizás sea el que acontece en los terrenos de juego.

Por ejemplo, en los anales de las grandes ligas, el mes de septiembre suele ser testigo de caídas o encumbramientos de última hora. Y es aquí donde entra en acción la visión del que cuenta lo sucedido. Tomemos al azar, septiembre de 1964 en la Liga Nacional.

¿Cómo recordarlo? ¿Cómo la debacle de los Filis de Filadelfia o el surgimiento de los Cardenales de San Luis? Y unos tres lustros más atrás, ¿cómo recordar septiembre de 1951? ¿Cómo el colapso de los Dodgers de Brooklyn o cómo el renacer de los Gigantes de Nueva York? En justicia con el rigor histórico, cualquiera de los ángulos desde el que se aprecie lo acontecido, posee validez. La diferencia la establece el cronista.

Esta introducción fue sólo para ganar tiempo y decidir desde qué esquina recordar los hechos que tuvieron lugar en el Fenway Park de Boston, entre el 7 y el 10 de septiembre de 1978. Los Yanquis llegaron a la ciudad a celebrar una serie de cuatro encuentros con los Medias Rojas, que disfrutaban de su estadía en la cima de la División Este de la Liga Americana con cuatro juegos de ventaja, precisamente sobre Nueva York.

El jueves 7 de septiembre, Mike Torrez abrió por los Medias Rojas y Jim Hunter por los Yanquis. Nueva York no dejó que Torrez completara siquiera dos entradas al atacarlo con seis imparables y cinco carreras, dos de ellas sucias. Esa ofensiva incluyó imparables consecutivos de Lou Piniella, Roy White, Bucky Dent y Mickey Rivers para que Torrez se fuera a las duchas con la pizarra en contra 5 a 0. Después de tres entradas y media los Yanquis disfrutaban de una diferencia de 10 a 0 que Boston fue incapaz de superar.

Resultado final, Yanquis 15 Medias Rojas 3. Willie Randolph con un doble, dos sencillos y cinco empujadas, marcó la pauta. Ganó Ken Clay y perdió Torrez.

El viernes 8 de septiembre, el guión volvió a repetirse. Luego de dos episodios, Nueva York ganaba 8 a 0 apuntalado por un jonrón de tres carreras de Reggie Jackson ante el relevista Jim Wright en el segundo tramo.

Yanquis 13 Medias Rojas 2.

El pitcher ganador fue Jim Beattie. Perdió Wright, que al igual que Torrez en la víspera, no consiguió ir más allá del segundo capítulo.

El sábado 9 de septiembre, el zurdo Ron Guidry con su fantástico registro de 20-2, inició por los Yanquis. Dennis Eckersley con un notable balance de 16-6 lo hizo por los Medias Rojas. Cerrados los tres primeros innings la puesta en escena dignificó a los abridores, 0 a 0. Sin embargo en la parte alta del cuarto, Nueva York pisó siete veces el plato. El ataque incluyó sencillos de dos rayitas cada uno para Rivers y Dent sobre el perdedor Eckersley, mientras Guidry sólo recibió dos hits en todo el camino. Yanquis 7 Medias Rojas 0.

El domingo 10 de septiembre, Nueva York ganaba 5 a 0 después de dos tramos.

Al final superó a Boston 7 a 4 y todos sus 18 imparables fueron sencillos. Ganó el boricua Eduardo Figueroa y perdió Bobby Sprowl.

La barrida pasó a la historia como "La masacre de Boston" porque los Medias Rojas no se levantaron de la lona y más tarde los Yanquis cargaron con el banderín división, el gallardete de la liga y hasta la Serie Mundial.

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Sobre el autor

Humberto Acosta

Periodista egresado d ela UCV. Escritor. Locutor. Comentarista de beisbol.

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