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El fasto como estilo

La sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño albergará la gala del Ballet Ruso

La sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño albergó la gala del Ballet Ruso

La presencia la semana pasada en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño de un ensamble de bailarines pertenecientes a históricas compañías rusas de ballet clásico, apegadas, todavía hoy, fuertemente a la tradición, permite valorar en el momento actual las implicaciones de un estilo de danza escénica que parece no extinguirse nunca.

Los estilos históricamente configurados alrededor del arte del ballet poseen rasgos específicos vinculados con los contextos sociales en los que surgieron y con las valoraciones predominantes sobre el cuerpo expresivo en sus distintas épocas.

La dualidad de planos dramáticos, el terrenal y el sobrenatural, presente en el sentimentalmente evasivo ballet del Romanticismo, el brillante fasto escénico junto al predominio del cuerpo virtuoso del ballet académico, y las visiones vanguardistas y transformadoras del nuevo ballet, configuraron los estilos romántico, clásico y neoclásico. Este último ya ha ofrecido evidencias de su evolución hacia otro estadio propio y autónomo, el estilo contemporáneo, que sólo aguarda el momento justo de su formal reconocimiento. La impronta marcada por Marius Petipa dentro del ballet ruso imperial resultó determinante en el desarrollo histórico de la danza artística. El bailarín marsellés formado dentro de la tradición de la escuela francesa de ballet e inspirado por el espíritu de la era romántica se dejó seducir por las posibilidades de la danza escénica en Rusia, expectativa a la cual aportó sistemáticamente hasta convertirla en un estilo diferenciado durante la segunda mitad del siglo XIX. Petipa estuvo llamado a transformar la visión lírica y emocional que del ballet se había promovido, por una concepción brillante y teatral.

El discípulo de Augusto Vestris, con quien desarrolló sus habilidades para el logro de una técnica brillante, que depuró y personalizó, determinó los alcances de su ejercicio interpretativo y, finalmente, caracterizó los postulados formales de la escuela rusa de ballet. Junto con el profundo dominio de una codificación estética del cuerpo, parsimoniosa debido a su origen cortesano y, al mismo tiempo, vibrante en su aspiración de perfección en la ejecución, colocó un interés especial en la recreación de lo popular europeo y su inclusión dentro de su vocabulario.

La larga presencia de Petipa en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo determinó el advenimiento del llamado estilo clásico o académico de ballet, que en su momento supuso procesos tanto de apego a la tradición romántica precedente como de ruptura a ella. Hoy la historia reconoce en el celebrado y también cuestionado creador una prodigiosa imaginación coreográfica, traducida en la escogencia de temas pertenecientes a mitos y relatos fantásticos abordados desde una perspectiva estética exótica y formalista. Sus ballets resultaron aclamados y proyectados como obras representativas de un tiempo estelar en el desarrollo de la danza artística universal.

Marius Petipa exaltó el Mariinsky como poderoso recinto escénico, proyectando brillantemente la magia del baile teatral.

Lo que vendría después sería una nueva historia impregnada de vitalidad modernista y transformadora. Los rusos, otra vez en Caracas, acrecentaron de nuevo la tradición.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

Histórico