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Sin brillo y sin pausa

Aún es tiempo de una mirada retrospectiva al año recién finalizado.

2013 fue reservado y sin sobresaltos para la danza venezolana. Trayecto de silenciosa continuidad y permanencia que, sin embargo, trajo algunos hechos artísticos reconocibles. En medio de la escasez de obras coreográficas de estreno destacó la producción de La consagración de la primave- ra por parte de la Compañía Nacional de Danza, realizada con motivo de la conmemoración del centenario de la obra de Stravinsky y la coreografía de Nijinsky. La idea que concibió Claudia Capriles mantuvo el sentido primitivo inherente a la composición musical, contenido también en polémico primer tratamiento escénico, sin plantearse mayores revisiones en lo conceptual ni experimentaciones extremas en lo formal. Se trató, no obstante, de un montaje sólido, que planteó una equilibrada puesta en escena y mostró un elenco cohesionado y comprometido.

El Ballet Teresa Carreño presentó una nueva versión de Don Quijote, orientado, seguramente, por la importancia que debe tener el repertorio académico dentro del teatro al que pertenece. La versión propuesta por Laura Fiorucci es ecléctica, en el sentido de que respeta la tradición, comparte las visiones de otros creadores conocidas a lo largo del tiempo, y busca hacer alguna aportación personal. Los bailarines de la compañía mostraron el ímpetu necesario, acusando algunas imprecisiones en el orden estilístico.

2013 trajo el regreso de Danzahoy a los grandes escenarios, luego de varios años de una presencia más bien discreta, con dos de sus obras referenciales, Oto el pirata (Sala Ríos Reyna), dramaturgia de aventura perteneciente a Adriana Urdaneta y coreografía colectiva, que intenta aproximarse a la naturaleza del teatro musical, que siempre gozó de buena acogida de público, hecho este que volvió a reeditarse; y Travesía (Teatro de Chacao), de Luz Urdaneta, tal vez uno de los títulos venezolanos de la danza contemporánea de mayor proyección internacional, con un elenco inédito y la reaparición, igualmente inesperada, de Jacques Broquet en las tablas.

Dos significativos aniversarios se conmemoraron. Los 30 años de Coreoarte fueron exaltados de manera poco común, aunque pertinente: la realización del seminario Danza y Política que durante una semana propició la discusión sobre las artes del movimiento y su inserción dentro de la dinámica social, e igualmente una gala que trajo la revisión de su repertorio, fundamentalmente creado por Carlos Orta. Por su parte, las dos décadas de Espacio Alterno fueron celebradas con una mirada retrospectiva a la obra coreográfica y plástica de Rafael González, su director, con la participación de algunos de sus intérpretes emblemáticos.

Los festivales caraqueños y también los regionales se mantuvieron en medio de limitaciones financieras e institucionales. Sobresalió el ahora llamado festival Vive la danza de ambiciosos objetivos y amplia convocatoria, que enfatizó en el espacio público y reconoció la anónima labor educativa. Las temporadas de los grupos independientes se sucedieron calladamente, y la danza nacional debió honrar a Andreína Womutt, una de sus célebres figuras, con motivo de su sorpresivo fallecimiento.

2013 fue un año sin repuntes importantes para la danza, aunque la actividad nunca se detuvo.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

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