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Pícara o sentimental

Versionar un clásico del ballet supone deseos de innovación y respeto a la tradición. De Don Quijote, obra elemental como dramaturgia y poco congruente como concepto al hacer coincidir en un mismo espacio y tiempo escénicos a seres anónimos y populares con el más grande de los personajes literarios de todos los tiempos, se han hecho múltiples versiones, en la mayoría de los casos reposiciones con distintos tratamientos coreográficos, a partir de lo originalmente establecido.

Han alcanzado reconocimiento mundial las producciones del Bolshoi y del Mariinsky, debidas a Petipa  y Gorsky, las de Nureyev y Baryshnikov en occidente, respaldadas por sus nombres estelares; las creadas para la Ópera de París, el Royal Ballet de Londres, el American Ballet Theatre de Nueva York y el Ballet Nacional de Cuba. El ballet profesional venezolano tiene en la versión de Vicente Nebreda, creada para el Ballet Teresa Carreño,  un momento elevado dentro de la visión de un clasicismo liberado de acciones lentas y fastuosas, y más cercano a dinámicas narraciones escénicas, a partir de lenguajes corporales reflejo de contemporaneidad.

Luego de algunos años de ausencia, volvió a la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño Don Quijote, esta vez bajo la mirada de Laura Fiorucci, conocida hasta ahora como la asistente coreográfica de Nebreda. La suya es una propuesta seguramente concebida desde su aproximación a las célebres reposiciones mundiales antes mencionadas, incluyendo también la de su maestro, tradicional, pero con claras cercanías a la expresión neoclásica.

Esto, en sí mismo, representa una práctica común cuando lo que busca es solo una reconstrucción de un título histórico y no la creación de una nueva obra, conceptual y formalmente,  desde una primigenia ya establecida.

Don Quijote de Fiorucci, sin reinterpretaciones de fondo y sólo con sutiles transformaciones, mantiene en alto el dinamismo del ballet divertimento de raigambre hispana y ambiente aldeano y festivo, al tiempo que logra internarse sin distorsiones en el ámbito del clasicismo de reminiscencias románticas del segundo acto. Su concepción se inserta dentro de la tendencia occidental, para algunos frívola, de aligerar el riguroso código académico para hacerlo adecuado a los tiempos del nuevo siglo y asequible a las audiencias globales. Alguna debilidad se percibe en la configuración de los personajes de carácter, fundamentales en el desarrollo y la comprensión de la historia, hecho especialmente notorio en el caso de Gamache, desdibujado en su condición de antagonista grotesco, rechazado y perdedor. Igualmente, la genuina y elaborada pantomima, por momentos, fue sustituida por un gesto fácil y trivial.

En la doble interpretación de Kitri y Dríada, Susan Bello resolvió estos personajes no solo desde el virtuosismo técnico formal, expresivo y brillante en el primer caso, y lírico y luminoso en el segundo, sino también desde una dimensión histriónica que la llevó a internalizar a cabalidad sus rasgos dramáticos y psicológicos. Alejandra Martínez, por su parte, evidenció notable depuración técnica y un entendimiento de la joven aldeana desde una perspectiva más sentimental que picaresca.

Este nuevo montaje de Don Quijote permitió el regreso de un clásico presentado de manera integral en el Teatro Teresa Carreño, luego de algún tiempo de faltar por causas institucionales, artísticas y financieras. Para el elenco de la compañía ha representado no solo una oportunidad más, sino una reafirmación en su condición de creadores.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

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