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Náufragos vitales

Nadie sabe adónde se dirigen los tripulantes de esta embarcación errática. Ni siquiera ellos.

Esa falta de rumbo cierto vincula a los tripulantes entre sí, los enfrenta y los hace solidarios. Se trata de un nuevo descubrimiento, de un inédito encuentro. De un viaje entre lo aventurero y lo fantástico en un clásico de la literatura juvenil Travesía, de Luz Urdaneta, es una obra que causó asombro en el momento de su estreno hace 20 años, y logró amplia resonancia internacional.

En ese momento, algunos la apreciaron como un recorrido por la intrincada América Latina, otros evidenciaron algo del realismo mágico propio de estas latitudes.

Ahora, de vuelta en la escena del Teatro Chacao, el título resalta sobre todo por su valor patrimonial y la importancia que reviste dentro de la producción coreográfica de su autora.

Ese periplo, en principio atemporal, aunque el vestuario de sus personajes sugieren un tiempo remoto, se inicia con una motivación expansiva y un espíritu lúdico que va mutando en distintas orientaciones a medida que se concretan las acciones escénicas, momentos de remanso y naufragios incluidos, y se trastocan los estados de ánimo de sus protagonistas, caracterizados convencionalmente por género y roles sociales. Todos comparten con alegría e incertidumbre un objeto delimitado, que abordan juntos en búsqueda de una realidad alternativa.

Luz Urdaneta indaga una dramaturgia narrativa aunque sin relatar una historia concreta, ofreciendo su visión sobre el indetenible deambular humano, presente en varias de sus creaciones individuales, en este caso particularizada por un formalismo exótico de concepción y ritmo cinematográficos. El hilo conductor se dinamiza por momentos con elaboradas frases coreográficas y cuadros de humor evidente, aletargándose también en otros en una suerte de tiempo de calma expectante. Su sentido literario remite a la idea de un cuento coreográfico resuelto dentro de las concepciones del gran espectáculo y dirigido a audiencias generales, antes que a espectadores con deseos de confrontaciones extremas.

La presentación de Trave- sía en la Sala Ríos Reyna del Teatro Teresa Carreño años atrás marcó de alguna manera el concepto de espacio escénico en la danza nacional, en un caso ubicado entre lo investigativo experimental y lo visual efectista. También resultó memorable la representación que de esta obra se hizo en la Plaza Brión de Chacaíto dentro de las incidencias del Festival interna- cional de teatro, que logró subvertir la cotidianidad del lugar. Ahora, en el escenario del Teatro Chacao, la pieza cobró un carácter más formal, al propiciar una relación con el público quizás menos cercana.

El destacable elenco de esta reedición de Travesía lució integrado y compacto, no obstante las distintas procedencias de sus integrantes, y trajo de vuelta a Jacques Broquet, emblema de la compañía Danzahoy, ausente de las tablas desde hace un tiempo considerable, lo que permite pensar en su retorno más permanente a los escenarios.

La reposición de Travesía constituye una iniciativa afortunada. Más allá de la permanencia o no de sus valores originales, permitió un nuevo conocimiento de una creación histórica y contribuyó a enfatizar en la necesidad de una danza patrimonial venezolana.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

Histórico