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Maestra de la danza nueva

La historia de la danza moderna universal está plena de mujeres prodigiosas. Seres libres y aguerridos que antepusieron sus visiones de lo corporal ante los convencionales de un movimiento meramente formal. Testigos de un siglo XX avasallante en conflictos humanos, adelantos científicos y tecnológicos y también en vanguardias culturales. Bailarinas precursoras que hicieron de su arte un acto de fe y un compromiso de vida.

Guillermina Bravo fue una de esas creadoras que asumieron la danza consciente de su impulso transformador, su ideología intrínseca, su valoración estética y su indeclinable conexión con el ser social. La nonagenaria intérprete, coreógrafa y maestra mexicana, fallecida recientemente, marcó una larga y determinante etapa en las artes escénicas de su país, convirtiéndose en figura referencial de la danza latinoamericana.

La danza moderna mexicana representa un hito dentro del desarrollo cultural de esa nación. Sus aportes van desde una particular adecuación de las influencias foráneas recibidas en sus inicios a los rasgos históricos y sociales de su gentilicio, hasta el advenimiento de una visión universal de conceptos y lenguajes estéticos. A todo ello contribuyó de manera definitiva Bravo al convertirse en inspiración y pilar fundamental de lo que ocurriría en esas tierras en materia de interpretación, formación y creación coreográfica.

El Ballet Nacional de México fue a todas luces su más grande obra, a través de la cual buscó investigar al cuerpo expresivo y estético más allá de los patrones preestablecidos, dotándolo de una nueva identidad que proyectó universalmente. Su legado se cuantifica en cerca de 60 obras, un indeterminado número de bailarines formados y forjados bajo su influjo, y la dinámica proyección por el mundo de una danza mexicana alternativa.

Ocho etapas distingue César Delgado Martínez, biógrafo de la bailarina, en la producción artística de Bravo que abarca desde la llamada nacionalista, desarrollada a partir de una concepción historicista y social de México, y su contraparte no realista, en la que la creadora evoluciona en su temática y métodos de composición, hasta la considerada de retorno a sus orígenes, que caracterizó sus obras de los años ochenta, justo en el tiempo del surgimiento del movimiento de ruptura de la llamada danza independiente mexicana. De carácter indoblegable y de espíritu insondable, Bravo orientó los caminos de una danza nueva en México que surgiría a partir de los primeros años cuarenta. "Si Guillermina ha vivido rodeada por el misterio, como todo gran artista ­ escribió la investigadora Patricia Cardona­ es porque la actividad coreográfica es, en sí misma, misteriosa para el lenguaje científico y periodístico. El poder de la creación: ¿quién lo explica?, ¿quién lo mide?".

Los vínculos históricos existentes entre la danza de México y Venezuela tienen su origen en la época en la que Bravo y Grishka Holguín compartieron experiencias como integrantes del Ballet Waldeen, momento que quedó registrado en una histórica fotografía de la obra La boda (1945), en la que ambos participaban.

Para Guillermina Bravo solo existió la danza, disciplina sobre la que, sin embargo, nunca buscó mayores conceptualizaciones. Intentar definirla, dijo, es como pretender definir la vida.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

Histórico