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Lyon mira hacia adentro

Se afirma que la Bienal de Lyon es a la danza lo que el Festival de Cannes al cine. Con esta aseveración se deja sentada la determinante importancia de esta plataforma de proyección de las artes contemporáneas del movimiento, que a partir de mañana inicia su decimoquinta edición. No se ha tratado de un ámbito meramente francés, aunque la danza gala siempre está presente como gran orientadora, que enfatiza en una dimensión universal de este hecho escénico.

Tradicionalmente, y siguiendo los postulados de Guy Darmet, fundador de la bienal y director artístico de la misma hasta su última entrega, el acento se colocó siempre en un tema específico alrededor del cual giraban tanto su programación general como sus actividades paralelas. De ese modo, el origen y desarrollo de la nueva danza francesa, alemana y estadounidense, fue objeto de exhaustivo tratamiento a través de la reconstrucción de sus obras históricas, el análisis de sus aportes y significados para las nuevas generaciones, la revaloración de sus figuras fundamentales, así como el intento por establecer una mirada de conjunto de cada uno de estos procesos.

Igualmente, la Bienal de Lyon hizo de la danza un interés geográfico, al presentar ediciones dedicadas a continentes como el africano, cuya corporalidad, aunque rodeada por el estereotipo, es, en general, desconocida. También a culturas como la asiática, al exaltar el interiorizado butoh y otras manifestaciones orientales; la mediterránea, con la recreación de un mundo vital de colores, sabores y tradiciones; la europea, al buscar una mirada unificadora en medio de su contrastante diversidad; y la latinoamericana, incluido el disperso Caribe, intrincada y convulsa, cercada por exotismos y persistentes lugares comunes. España y Brasil, como singulares países y gentilicios, fueron en su momento objeto de tratamiento privilegiado por parte del festival.

América Latina dentro de la Bienal de Lyon tuvo una presencia notable durante su décima edición, realizada en septiembre de 2002, con el nombre de Terra Latina, de la que participaron 600 bailarines provenientes de 12 países del continente. En ese momento se privilegió la contemporaneidad en los lenguajes y códigos expresivos, pero al mismo tiempo se buscó otorgarle un sentido de identidad a esta convocatoria, pero no se logró escapar, en algunos casos, de la mirada más periférica que sobre lo latinoamericano existe.

La representación de Venezuela fue afortunada en este sentido, y recayó en 3 obras sólidas y vigorosas como concepto y como forma: Éxodo, de Luz Urdaneta, dinámica composición sobre el desarraigo compartido en la región; Canción de los niños muertos, de Leyson Ponce, creada a partir de los ritos funerarios de los niños en México y los Andes; y Revés, de Luis Viana, retrato nostálgico y costumbrista de un modo de vivir centrado en la religiosidad popular.

La XV Bienal de la Danza de Lyon, sin tema específico, por primera vez bajo la conducción de la coreógrafa Dominique Hervieu, posee un marcado énfasis europeo, específicamente francés, con nombres establecidos y voces emergentes; además de algunas importantes referencias a la danza japonesa y balinesa.

Por esta vez, la mirada será más hacia dentro.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

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