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Herederos del Rey Sol

La recién concluida gira de verano del Ballet de la Ópera de París por Estados Unidos, luego de casi veinte años de ausencia en tan determinante plaza artística, supone el acercamiento de dos escuelas de danza desarrolladas en momentos históricos distintos y, por tanto, contrapuestas no sólo en el abordaje de sus aspectos formales sino también en sus implicaciones conceptuales.

La escuela francesa de ballet de origen cortesano, surgida hace más de tres siglos dentro de un contexto de poder político absoluto, es reconocida, todavía hoy, por su exquisita ponderación gestual, mientras que la estadounidense, consecuencia del advenimiento de la modernidad en las artes, representa un ámbito, en su momento inusitado, de depurada abstracción del movimiento.

Ambas escuelas contienen dos visiones distintas del arte del ballet, que llevan consigo antagonismos sobre los valores expresivos y comunicativos del cuerpo. Adicionalmente, Francia y Estados Unidos constituyen territorios que cíclicamente han ostentado la consideración de centros mundiales de la danza.

Por ello, la presencia portadora de sólida tradición del Ballet de la Ópera de París en el Kennedy Center de Washington, el Harry Theater de Chicago y el Lincoln Center de Nueva York, motivó justificado interés y elevadas expectativas.

La histórica compañía en los dos programas presentados evidenció sus trascendentales aportaciones a la danza universal, desde el establecimiento del ballet romántico como estética imperecedera y estilo paradigmático, hasta sus manifestaciones enmarcadas dentro de una concepción inicial del nuevo ballet galo.

Su producción actual de Giselle (Coralli-Perrot, 1841), obra emblema del romanticismo en la danza, vista en las tres ciudades estadounidenses, se ciñe con rigurosidad al espíritu de exaltación fantástica del sentimiento correspondiente a la época. La reacción de la crítica y la audiencia ha sido la de valorar un modelo de interpretación, redescubierto ante sus ojos, basado en la profundización expresiva y en la mesura del ímpetu corporal, que se traduce en una estética sencilla y compleja a un mismo tiempo, aunque alejada hoy en día del gusto visual de las mayorías.

La Ópera de París también representó en la escena estadounidense obras de sus coreógrafos más significativos de la primera mitad del siglo XX, que, juntas, ofrecieron una mirada general, aunque suficiente, de la configuración del ballet neoclásico francés: Suite en blanc (Lalo, 1943), recreación modernista concebida por Serge Lifar de los brumosos actos blancos, a los que dotó de una pureza formal desprovista de emociones explícitas; La arlesiana (Bizet, 1974), tratamiento coreográfico de Roland Petit que asume el sentido narrativo de la ópera que le sirvió de punto de partida; y el celebérrimo Bolero (Ravel, 1961), balanceo lascivo y letal que constituye el momento más elevado en la obra de Maurice Bèjart. Únicamente en Nueva York el Ballet de la Ópera interpretó Or- feo y Eurídice, la personal revisión del mito que hiciera la alemana Pina Bausch, evidencia de la apertura artística de la hasta no hace tanto tiempo inflexible compañía.

El público estadounidense volvió a encarar su modo ligero y práctico de apreciar el ballet, con uno más elaborado y comprometido. El de los herederos del Rey Sol.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

Histórico