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Gesto global del cantor

Simón Díaz entonando sus tonadas en su hamaca, la que le tejió su mamá María | Cortesía @BettsimarDiaz

Simón Díaz entonando sus tonadas en su hamaca, la que le tejió su mamá María | Cortesía @BettsimarDiaz

A mediados de los años ochenta, cuando Danzahoy presentara la obra Tonadas de la coreógrafa costarricense Marcela Aguilar, sobre una selección de canciones de Simón Díaz, la entonces novel compañía pregonaba con entusiasmo la factibilidad de una danza contemporánea latinoamericana. Esta visión compartida por los directores, bailarines y colaboradores de la estimulante agrupación orientó la primera etapa de trabajo de la misma, hasta que progresivamente fue depurando la universalización de su discurso, aunque sin prescindir nunca de su esencia originaria.

Mirar en ese momento hacia la música de Simón Díaz y su imaginario popular significó además de un riesgo una reafirmación de la visión del proyecto de Adriana Urdaneta, Luz Urdaneta y Jacques Broquet, en sus años iniciales, justo cuando la música experimental en relación con la danza de vanguardia predominaba de manera casi imperativa.

Ese abordaje alternativo del ámbito sencillo del célebre cantautor abrió caminos hacia procesos más complejos de creación generados por Danzahoy y concretados en las obras Huéspedes ("Tonada de las espigas") y Soy por derecho ("Tonada de luna llena") de Adriana Urdaneta.

También su voz sirvió de hilo conductor ­ahora vuelve a hacerlo­ de la dramaturgia infantil de Oto, el pirata , dotando a esa aventura escénica de un muy próximo sentido de pertenencia.

En cierto modo, Urdaneta vislumbró que el cercano canto de Simón Díaz podría adquirir un carácter global impensado, al incorporarlo a conceptos y lenguajes corporales portadores de apremiante contemporaneidad, haciendo de lo genuinamente local un referente de validez universal. Tal vez la cima más alta alcanzada dentro de esta mirada lo constituya el tratamiento que Pina Bausch hizo del compositor venezolano dentro de su teatro de la danza surgido desde la fuerza de sus impulsos, llevándolo mucho más allá de las implicaciones del cuerpo e incluso de la propia música.

El interés por el gesto diverso y la expresión multicultural condujo a la fallecida creadora alemana a la conformación de realidades múltiples, que pudieran sentirse inconexas en un espacio escénico común, pero que encuentran su punto de unión precisamente en sus contrastes formales y conceptuales. Es el caso de Nur du (1996), pieza que posee una banda sonora múltiple, en la que sorpresivamente se incluye "Luna de Margarita", la espontánea canción de Simón Díaz compuesta ante el impacto que le produjo la belleza de un singular paisaje insular, y que dentro del contexto de la obra de Bausch se une al universo convulso y de múltiples referencias de la coreógrafa.

Esa misma canción y esa misma obra de danza adquieren una dimensión distinta al ser llevadas al cine bajo la óptica compleja de Wim Wenders, que en Pina (2011), suerte de documental introspectivo, inserta los cálidos y melancólicos acordes musicales dentro de una situación humana de crispación extrema, en medio de un marco espacial de fría e hiriente asepsia.

Simón Díaz ­la celebración de sus 85 años de edad todavía se extiende­ posee rasgos de identidad compartidos con fervor por un colectivo y otros globales, fuera de su cotidianidad y seguramente también de su pensamiento.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

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