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Danza y violencia

La creación artística, claro reflejo del acontecer del hombre, lejos de evadir la violencia como fenómeno social, la ha asumido desde distintos modos expresivos. Uno de ellos, la danza escénica, la ha abordado con profundidad y grandeza, especialmente a partir de las conmociones experimentadas en el siglo XX.

La danza contemporánea, desde sus orígenes, ha encontrado en la violencia humana, individual y social, su punto de partida necesario, su razón de ser fundamental. Desde los dramas danzados de Martha Graham, Kurt Jooss y Mary Wigman y los postulados humanistas de expresionismo abstracto en la danza, hasta las propuestas de la danza-teatro, el neoexpresionismo y la nueva danza, la violencia recurrentemente se ha transformado en código corporal comunicativo.

América Latina es un ámbito ancestralmente violento. Su desarrollo histórico y su particular caracterización económica, política, social y cultural han hecho de esta región asiento de agudos desequilibrios y alta conflictividad  humana. La danza latinoamericana es portadora genuina de la condición violenta del continente. Sus creadores han sido un claro y también distorsionado espejo de esta lacerante realidad.
Heredera de las ideologías, las formalidades y las técnicas de las manifestaciones de la danza moderna norteamericana y de la danza expresionista alemana, portadoras ambas de violencia intrínseca, la danza escénica de América Latina –que comenzó a configurarse durante la década de los cuarenta del siglo XX– ha asimilado tales influencias y estructurado a partir de ellas un código expresivo propio.

La violencia primigenia de las renovadoras manifestaciones de la danza en Estados Unidos y Alemania fue asumida y a su vez recreada por los artistas de la danza contemporánea latinoamericana desde las singularidades de cada región. Así, la danza chilena se gestó a partir de los postulados expresionistas de Kurt Jooss y Sigurd Leeder, mientras que la mexicana y la venezolana recibieron un determinante influjo de la danza moderna de Martha Graham, así como de los principios fundamentales de José Limón y Merce Cunningham, claros resultados de ella.

México y Venezuela representan dos de las más altas expresiones de la danza contemporánea latinoamericana. La primera, unida inseparablemente al movimiento cultural posrevolucionario mexicano y su consiguiente evolución cosmopolita. La segunda, abierta, rica, diversa y sin ataduras aparentes a un demandante pasado histórico.

Desde los orígenes de la danza moderna mexicana, ubicados en el estreno de La coronela de la estadounidense Waldeen von Falkenstein, en 1940, el signo de la violencia se hizo presente dentro de este colectivo dancístico. Los más referenciales coreógrafos de este movimiento, Guillermina Bravo –Recuerdo a Zapata (1951), Guernica (1952), El demagogo (1956), Lamento por un suceso trágico (1975) y Sobre la violencia (1989)–, Guillermo Arriaga  –Zapata (1953)– y Raúl Flores Canelo –Luzbel (1974), El hombre y la danza (1976) y Pervertida (1990)–, hicieron del código de la agresión una insospechada arista creativa y una sólida filosofía de vida. A partir de la década de los ochenta el espíritu de la violencia penetró el cuerpo y la sensibilidad de los hacedores de la llamada danza independiente mexicana, ejemplificada en las obras de las agrupaciones Barro Rojo, Antares y La Cebra, entre muchas otras.

La danza contemporánea venezolana emergió con fuerza a partir de 1950, a  raíz del establecimiento en el país del bailarín mexicano Grishka Holguín. Sus más célebres piezas, Medea, Hiroshima, Giros negroides (1959) y Banshee (1964), dan cuenta de la orientación conceptual y estética del autor, enmarcada dentro de la tendencia del abstraccionismo dramático.  Los referenciales años ochenta produjeron en la danza de Venezuela una suerte de implosión creativa, tanto cuantitativa como cualitativa. Los proyectos de Danzahoy (Adriana Urdaneta), Coreoarte (Carlos Orta) y Acción Colectiva (Julie Barnsley), así como las acciones solistas del bailarín Luis Viana, ofrecieron perspectivas disímiles de la violencia, tanto desde una dimensión urbana latinoamericana como desde una más intimista y universal.

La violencia en la danza es un tema de creciente interés en el contexto latinoamericano. Se trata de un fenómeno ya objeto de investigación en las universidades, que se vive con inquietante naturalidad en la vida cotidiana. Nuevas expresiones coreográficas continúan surgiendo desde las conflictivas realidades sociales de cada país, pero también desde la ineludible presencia de la cultura globalizada que todo lo afecta y lo condiciona.

El siglo XX puede ser considerado un tiempo en el que la violencia humana se expresó con particular patetismo.

El desarrollo del proceso de industrialización y el avance tecnológico desmedido, junto con crisis profundas en todos los órdenes, han hecho de la sociedad contemporánea un ámbito donde la violencia física y emocional rige en buena medida las relaciones individuales y sociales.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

Histórico