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Cuerpos y voces

La celebración de los 30 años de la inauguración oficial del Teatro Teresa Carreño trajo consigo la presentación de un concierto musical, vocal y coreográfico que, por iniciativa institucional, reunió a los dos elencos estables del complejo cultural, el Coro Operático y el Ballet Teresa Carreño, junto con la Orquesta Filarmónica Nacional, en una experiencia escénica compartida. Se buscó propiciar un acercamiento en el que las tres manifestaciones creativas involucradas se vincularan armónicamente en calidad de pares, queriendo reeditar momentos cimeros de la integración de las artes.

En lo que atañe a la danza, su presencia dentro la concepción general del espectáculo fue ponderada, sin énfasis ni desequilibrios. El Ballet Teresa Carreño mostró su rostro actual, con el que afronta diariamente los tiempos de complejidades que se viven para la danza clásica. El repertorio escenificado también fue reflejo de estos momentos. Inició con Doble corchea de Vicente Nebreda, contrastante puesta escénica en un blanco y negro esteticista, que regocija por su base musical centrada en la Guía Orquestal para la Juventud de Benjamín Britten, de elocuentes sonoridades e implícita intención didáctica, además de requerir como intérpretes a bailarines de pulcra plasticidad, notable musicalidad y elevado histrionismo.

Simplemente...Lecuona , obra de estreno de Héctor Sanzana, presentó a dos parejas en trance de primacía alterna en las tablas.

Las implicaciones de un estilo neoclásico ya suficientemente abordado encontraron en el coreógrafo nacional no ansias de personalización ni renovación, sino más bien un ejercicio de depuración y equilibrio de su lenguaje en plena configuración. Las bailarinas Susan Bello y Alejandra Martínez aportaron decididamente al resultado final de la obra sensual temperamento y orgánica fuerza expresiva, en el primer caso, y lirismo y emocionalidad interior, en el segundo.

La unión entre el Ballet Teresa Carreño y el Coro Operático del teatro ocurrió en las Danzas polovetsianas de El príncipe Ígor , acto escénico casi inevitable al hacer coincidir coreografía y canto coral. La inacabada ópera de Alexander Borodin de finales del siglo XIX, terminada por Rimski-Korsakov y Glazunov, ofreció en sus bailables cantados un aporte a las visiones del nuevo ballet que Diaghilev y sus multidisciplinarios colaboradores soñaban concretar en los momentos iniciales de su transformadora empresa artística de comienzos de una nueva centuria.

Las Danzas polovetsianas , coreografiadas por Mikhail Fokine, suponen históricamente un momento de tránsito entre la primera etapa de los Ballet Rusos, iniciada en 1909, cuando se realizaban tanteos y experimentos estéticos y el establecimiento final de la determinante compañía, que modificó las consideraciones sobre la danza artística de su época, por lo que el contexto originario resulta fundamental en su justa valoración temporal.

Era un tiempo en que la recreación de las civilizaciones antiguas, sus mitos y legendarias guerras eran utilizados para anunciar el advenimiento de la modernidad escénica. Su representación hoy en la Sala Ríos Reyna hay que verla con ojos de investigador, aunque se cumpliera con el claro objetivo de unir cuerpos y voces en celebración.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

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