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Cuerpos animados

La danza vivió una semana de animación inusitada. Bailarines de cualquier signo y tendencia tomaron las principales plazas de los cinco municipios caraqueños, en una suerte de acto colectivo alrededor del movimiento que no ocurre todos los días en la ciudad. El Festival Vive la Danza propició una exaltación de lo corporal urbano y se acercó al más destacable de sus objetivos: contribuir al desarrollo de una cultura ciudadana.

La convocatoria para tomar parte del festival fue amplia y sin prejuicios estéticos ni estilísticos. Convidó a creadores disímiles, tanto los reconocidos como consagrados, como a los tenidos por emergentes. Más de 30 obras fueron representadas en lugares públicos previamente acordados. Sólo algunas de ellas una verdadera comunión con el espíritu y las características espaciales de estos ámbitos citadinos. No es posible saber si se convertirán en obras de arte efímero o lograrán, por el contrario, trascender la condición aparentemente finita de lo escénico.

Tres de estas creaciones probablemente se transformen en obras definitivas. Si bien fueron pensadas y concebidas dentro de un contexto y una coyuntura particulares, poseen impulso genuino, claridad de concepto y depuración estética, que quizás le permitan convertirse en íconos de una concepción creativa para la ciudad. Seguramente también, en breve tiempo, pasarán el reto de ser llevadas al reducto teatral, ganando en magia escénica e intimidad, preservando al mismo tiempo su esencialidad espontanea y su carácter experimental inicial.

Furor , de Inés Rojas, ideada para el paisajismo urbano de la plaza Miranda de los Dos Caminos, destaca por la mixtura visual que ofrece y su propósito de recrear en imágenes corporales la violencia de cada día. La multiplicidad de referentes, la diversidad de lenguajes expresivos sintetizados, junto con su ritmo vertiginoso y la visión audiovisual del ensamble coreográfico que prevalecía a través de una gran pantalla, transformaron esta experiencia en un laboratorio de sensaciones contrastadas.

La voz de Luis Armando Castillo volvió a resonar con fuerza. El aliento de la sorpresa es el nombre de la más reciente exposición pública de este bailarín, dueño de su propio tiempo creativo y de sus decisiones profesionales.

No sólo retornó al ejercicio coreográfico, sino también a la interpretación considerada como formal. La gradería de la Plaza de Los Palos Grandes lo recibió como el bailarín íntegro de siempre. Puro en su gestualidad y atrayente en su magnetismo.

Su ritual callejero de soledad e incomunicación tuvo también como oficiantes a Luis Villasmil y a Yarua Camagni, que se vieron envueltos en un incidente cotidiano trastocado en honda ceremonia. Luz Urdaneta, a su vez, convirtió un extremo de la referida plaza en un set cinematográfico. La acción en vivo contenida en su obra unipersonal La espera fue filmada a la vista de todos, e incorporó plenamente esta acción a la intención coreográfica primaria. Este acto solista, interpretado por la novel bailarina Alejandra Corrales, podría etiquetarse como expresivo y plástico, aunque representa, sobretodo, un estudio espacial meticuloso, sensible e inteligente. En medio de ese "caos" integrador, emergió una obra pulcra y reflexiva.

El Festival Vive la Danza fue un animador entusiasta. Cumplió con la ciudad al estimular el movimiento.

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Sobre el autor

Carlos Paolillo

Periodista. Crítico de danza, investigador y gerente cultural

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