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Uruguay, el milagro mejor planificado

Mucho antes de gritar los goles que cada domingo celebra con Liverpool, Luis Suárez fue el goleador del Urreta, un club con una cancha propia que se construyó sobre una vieja plaza con la iniciativa de un emprendedor y el apoyo de varios padres en la década de los cincuenta. Aquel fue el primer equipo del delantero emblema de la Uruguay que el miércoles se convirtió en el clasificado 32 a la Copa del Mundo, su segundo torneo seguido.

Al igual que casi toda la selección uruguaya, Suárez comenzó a jugar con apenas cinco años de edad en un complejo sistema de formación que tiene cerca de 70 años funcionando en Uruguay bajo el nombre de baby fútbol. Un entramado que, de acuerdo con el entrenador Oscar Washington Tabárez, es el secreto que permite a la selección uruguaya conseguir tantos buenos jugadores en una población no muy grande.

Los 176 mil kilómetros cuadrados que abarca el mapa uruguayo apenas superan las dos terceras partes de la extensión del estado Bolívar. Su población: 3,2 millones de personas, representa 11% de la cantidad de habitantes de Venezuela. Un dato que no es menor si se ve que 5 de los 10 países con más población del mundo clasificaron al Mundial. En esa lista de calificados, los uruguayos son los que menor población tienen, lo que estadísticamente les hace más difícil encontrar buenos jugadores.

De acuerdo al diario El País de Uruguay, en todo el territorio tienen 62 ligas de baby fútbol en los que juegan 61.000 niños entre 5 y 13 años de edad. Nada más en la liga de Montevideo hay más de 70 campos para ellos. Por ese proyecto pasó no solo Suárez; también Diego Forlán, Edinson Cavani, Diego Godín, Álvaro Pereira y tres o cuatro generaciones anteriores de futbolistas uruguayos.

Andrée González, ex jugador de la Vinotinto formado en Uruguay, compara el sistema con el de los Criollitos en el beisbol venezolano. Se juega en campos de 9x9 y los clubes son financiados en su mayoría por los padres ya que la red no tiene relación alguna con la AUF, la federación uruguaya. Una vez que cumplen los 14 años de edad, los jóvenes pasan a formar parte de las categorías de los equipos profesionales, en ese momento ya tienen casi 300 partidos y cerca de 2.000 horas de trabajo entre entrenamientos y partidos contra otros equipos.

Todo el sistema se apoya en varias cosas. La primera es la importancia del fútbol en la sociedad. "De cada 100 niños, 98 juegan al fútbol", dice González. La cifra puede ser algo exagerada pero no mucho. En los últimos Juegos Olímpicos, la delegación uruguaya fue la segunda mayor de su historia con 29 atletas, de los cuales 18 eran de la selección de fútbol, la única disciplina que le ha dado una medalla de oro al país, en los Juegos de París 1924 y Ámsterdam 1928, lo que les valió para organizar la primera Copa del Mundo en 1930.

Con raíces de formación tan sólidas, el fútbol uruguayo ha sido un habitual competidor en categorías inferiores, asistiendo a 18 de los últimos 34 mundiales juveniles.

Con ese sistema de producción, los buenos jugadores nunca faltaron: Paolo Montero, Álvaro Recoba, Marcelo Zalayeta, Enzo Francescoli o Daniel Fonseca. Sin embargo, la selección mayor dio varios tumbos en las últimas décadas. La llegada de Tabárez le dio estabilidad, un ingrediente que no encontraron entre 1990 y 2006, cuando cambiaron 11 veces de entrenador. El técnico potenció al equipo y combinó las buenas decisiones de la base del árbol con otras acertadas elecciones en la copa de arriba. Solo así Uruguay, el país de los tres millones de habitantes, es capaz de retar a los gigantes del mundo.

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Sobre el autor

Daniel Prat Jerez

Periodista egresado de la UCV. Especializado en fútbol.

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