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El gran invento alemán

En Alemania las profesiones musicales conquistaron un estatus superior en la sociedad, a diferencia de muchos países donde el músico no es mucho más que un animador de fiestas.

Algo ocurrió en la cultura alemana en un momento crucial; un viraje, una conjunción de fenómenos que colocó al creador musical en el sitial del chamán, del místico de inspiradas revelaciones. Pasó a ser un guía espiritual de la colectividad.

Hoy parece natural que la Unión Europea haya seleccionado el Himno a la Alegría de la Novena sinfonía de Beethoven como su himno oficial, pero apenas décadas antes de la Novena una sinfonía no era más que un adorno. La música de las cortes, entretenimiento sofisticado y principesco, se transformó y se democratizó en una población acostumbrada al ritual colectivo y musical de la iglesia. Hacia el último tercio del siglo XVIII, la veneración de la palabra sacra musicalizada (por Bach entre muchos otros), la costumbre de escuchar con devoción contagió el ritual del concierto de música instrumental.

El concierto sinfónico se consolidó como vehículo para las ideas nuevas, y al popularizarse masivamente en Alemania se transformó prácticamente en un ramal abstracto de la filosofía, casi en un sustituto moderno de religión. La sinfonía, que era originalmente una simple obertura operática italiana, pasó de ser "una seguidilla de temas presentados mientras el público encontraba sus asientos entrando al teatro" (Gluck 1762) a ser vista por E. T. A. Hoffmann en 1809 como "catalizadora potencial de revelación, accesible a todo aquel que activamente se implique en la obra con su imaginación creativa". Una total transformación en menos de medio siglo.

El salto cuántico en la valoración de la música sinfónica se lo debemos prácticamente en su totalidad a esa gran invención alemana que es el Genio Musical; es la consagración, entre 1760 y 1810, del compositor como pensador, dejando atrás su papel de mero decorador sonoro. La cultura alemana le enseñó al mundo que el medio sinfónico es un vehículo para las grandes ideas y las grandes preguntas; parte de la célebre Bildung, culto al desarrollo personal.

El gran despegue de la nave tiene fecha precisa: la publicación del célebre comentario sobre la Quinta de Beethoven por el crítico E. T. A.

Hoffmann, en el cual se eleva el pensamiento orquestal, estrictamente instrumental, a niveles cuasi divinos. No era para menos: la formidable impresión causada por los nuevos conjuntos cada vez más sonoros y masivos, los universos de polifonía instrumental que se abrían en la imaginación de Mozart y Beethoven subyugaban, dominaban todas las otras formas de pensamiento, redactaban los guiones futuros de la creación. Lo más asombroso de este nuevo concepto sinfónico es la velocidad con la cual conquistó al mundo, convirtiéndose en forma universal de expresión.

De un fenómeno que parecía específicamente alemán surgió un modelo total, a la misma vez alegoría de la sociedad y expresión individual, que se adaptaría a todas las culturas de la Tierra. La sinfonía se volvía sociología, antropología, historia, meditación, pintura, danza, matemática, según la cultura que la adoptaba. De las pinceladas marítimas de Debussy a los tormentos estalinianos de Shostakovich, de los hielos nórdicos de Grieg al llano de Estévez, la sinfonía, invento alemán, lo abrazaba todo.

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