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Tuyerías

Nadie puede explicar con precisión la difusión histórica del arpa central en Venezuela.

Más que de un instrumento fabuloso, indiscutiblemente superior a sus pares del continente, hablamos de un cúmulo de obras y técnicas memorizadas provenientes del barroco español que corroboran que los Scarlatti, Soler, Bach y Vivaldi navegaban majestuosos ríos de improvisación, cuyas aguas se secaron misteriosamente en el siglo XVIII y dejaron una mestiza descendencia americana.

La generación espontánea no existe: las Revueltas tuyeras y los Pasajes aragüeños son el último eslabón del arpa ibérica, extinta, y del arte de tañer fantasía. Hoy sabemos que el arpa central de cuerdas metálicas y bordones de tripa o nylon nunca fue una imitación campesina del clavecín, sus cuerdas eran originalmente de tripa. Si bien el arpa de los jesuitas de Tópaga, Boyacá, que data de 1650, indica que la orden religiosa importó arpas para acompañar coros, nadie puede asegurar que el arpa se escapó de la iglesia. Pero los arpistas inmigrantes y sus fandangos quizás sí, pues tres importantes arpas, la paraguaya, la jarocha y la colombo-venezolana, rodean antiguos asentamientos jesuíticos. Sin embargo, la difusión de un instrumento completo (bajos y melodías) carente de mecanismos frágiles se benefició de ser liviano y portátil a lomo de bestia en la quebrada topografía del sur de Caracas, primer asentamiento camino a los Llanos. Hubo sin duda una difusión secular, familiar y rural hasta en los valles más remotos.

El arpa tuyera se distingue de la llanera por su sonido metálico parecido al clavecín que resalta la fineza de su tipleo, y porque se toca sin el cuatro, lo que indica que sus piezas son formalmente más complejas que las llaneras y que las sutiles digitaciones son más relevantes para la obra que la vuelta armónica que ocupan o que el golpe que marcan. Explico: estamos quizás ante formas mucho más destinadas al concierto y su nivel de atención que al zapateo: música de cámara. El gran arpista Fulgencio Aquino decía específicamente que algunas de sus composiciones eran para ser escuchadas, no bailadas ni cantadas; de hecho el noble Pasaje aragüeño , en peligro de extinción, es un tipo de composición instrumental cuyo refinamiento impone el respeto de una escucha en silencio. Es fatal asociar el arpa central solamente con el golpe tuyero bailable que se fue simplificando con la amplificación y las cornetas hasta llegar a no ser más que un bordoneo repetitivo acompañando canciones necias en turbias cervecerías.

En el rescate de esta música de altísima importancia han trabajado expertos como Arturo García, cultor y defensor muy elocuente del género; la musicóloga alemana Katryn Lengwinat, radicada en Venezuela; y artistas de otras esferas como Claudia Calderón, que ofreció la primera versión de la Revuelta instrumental de Aquino en el piano, incorporándola en el repertorio pianístico venezolano (el salto al teclado eléctrico lo logró el sorprendente William Sigismondi, con su grupo de fusión de golpe tuyero 1,2,3 y Fuera). De las fuentes originales no se consigue casi nada comercialmente salvo la célebre grabación de Aquino producida por Luis Armando Roche en los años ochenta. Inexplicable carencia. Hay tanto material original diseminado y frágil a la espera de una curaduría, de una publicación sin tintes políticos.

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