• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

Pensar y tocar

Pensar y tocar, se dice fácil | Foto: EFE

Pensar y tocar, se dice fácil | Foto: EFE

La música es el mundo de lo contraintuitivo: el violín, que no existía antes del siglo IX, parece más antiguo que la flauta, que tiene quizás mucho más de 20.000 años y parece un invento reciente. El violín, que no tiene trastes, es potencialmente mucho más afinado que la guitarra, que sí los posee.

(La paradoja máxima quizás esté en la remuneración: la música que más dinero genera es la menos sofisticada). Pocos imaginan la complejidad de la organología, la historia de los instrumentos, formidable integración de artesanía, ciencia y tecnología. La lutería del violín, prodigiosa combinación de misterios geométricos y barnices mágicos, aún se ejerce como una forma de alquimia; la construcción de la flauta moderna, en cambio, se apoya en el uso de tornos digitales, aleaciones futuristas y astucias de metalmecánica avanzada. La meta de todo constructor de flautas es la belleza del sonido, naturalmente; pero el trofeo de la carrera tecnológica hacia la cima es la ejecución sin esfuerzo: "Piensa cómo lo quieres tocar y la flauta lo hace" podría ser la traducción de la gran frase promocional de James Galway para su escudería, las flautas Nagahara. Todo lo que se hace en el taller de dicho constructor, cerca de Boston, donde trabaja una pareja de venezolanos, Geraldine Morillo y Javier Barazarte, parece alcanzar la utopía platónica de la fusión del deseo musical con su realización instantánea en la flauta, el instrumento de la seducción por excelencia. Sin embargo, no cualquier flautista de Hamelin es capaz de desembolsar la fortuna que cuesta uno de estos instrumentos; parecen piezas de joyería aeronáutica pero son enteramente trabajadas por manos humanas. Los mil ajustes, las microsoldaduras en metales preciosos y las llaves secretas hacen que la vieja flauta Boehm de 1847, arquetipo de la flauta cromática moderna, parezca un Ford T de 1908. Geraldine trabaja en administración y ventas, Javier maneja el torno digital. Hoy se utiliza mucho la flauta de madera, gracias al talento de mi amigo el prodigioso flautista holandés Jacques Zoon, pionero del retorno del sonido colosal de la madera.

Javier, ingeniero acarigüeño, tornea las cabezas de las flautas, la parte por donde se sopla, en maderas africanas con modelos 3D computarizados; pero me mostró un trozo de vera que quiere usar para hacer una flauta: un garrote larense. Albricias, pensé; cómo me gusta ver que transformen un arma en instrumento musical, como el mexicano que hace guitarras eléctricas con metralletas. En otro taller cercano, más modesto, trabaja el fabuloso artesano peruano Juan Arista, gran maestro de las boquillas de oro que son el secreto del fraseo perfecto. Si el taller del científico Nagahara parece la NASA, el de Arista parece la cocina de uno de esos chefs, magos del ceviche limeño: limaduras de plata y oro, tornos de los años cincuenta, buen humor, cordialidad, boquillas y flautas brillantes como recién salidas del horno. El sueño de cualquier flautista: visitar la fragua del propio vulcano. La feroz competencia entre marcas no le resta méritos a cada constructor del primero de los veintitantos instrumentos de la orquesta. Nunca olvidemos que detrás de cada sonido hay un artesano; cada zapatilla que tapa los huecos de una flauta puede llevar horas de ajuste. Pensar y tocar, se dice fácil.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Histórico