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La épica del fútbol venezolano

Hay historias que resultan más agradables que otras. Unas que vale la pena contar, otras de las que toca hablar a pesar de las circunstancias dan. Pero son ellas, a través del discurso intrínseco del periodismo, y particularmente del periodismo deportivo, las que generan héroes que enamoran y seducen a los fanáticos.

En Venezuela, la mayoría de las épicas eran beisboleras. Desde 1941, con los campeones mundiales de La Habana, pasando por lo hecho en Grandes Ligas por Alfonso "Chico" Carrasquel, Luis Aparicio, David Concepción, Andrés Galarraga, Omar Vizquel, hasta las recientes hazañas de Miguel Cabrera y Pablo Sandoval; todas sus historias tenían siempre una carga de heroicidad que enamora a los aficionados, y más al venezolano, al que le encanta sentirse ganador.

En el baloncesto, por ejemplo, la generación de Portland en 1992 fue considerada heroica, y vaya si tenía pergaminos para hacerlo: enfrentó al que quizás puede haber sido el mejor equipo de basket en la historia en la final del torneo preolímpico, y clasificó a los Juegos de Barcelona. Y en un deporte tan significativo para el venezolano, aunque venido a menos como el boxeo, hubo verdaderas leyendas forjadas con triunfos.

No obstante, el fútbol venezolano carecía de historias agradables para contar. Todas eran repeticiones de una vieja y aburrida película, de esas que a los fanáticos no les gustan. Siempre culminaban con derrotas, goleadas y humillaciones.

Hubo victorias aisladas para algunos equipos, y unas pocas en la selección; pero no mucho más. Siempre se recordaba que la Argentina de Maradona, Valdano y compañía, tuvo que sufrir para ganar 3-2 en San Cristóbal; pero al final de cuentas, era una derrota, no tenía un final feliz.

A Venezuela le faltaba la épica. Había cuentos de grandes jugadores y técnicos, pero no había historias de gloria para contar. Poco a poco fueron surgiendo pequeñas batallas, como la del Caracas en la Copa Merconorte de 1996, o la de Estudiantes de Mérida en 1999 con sus cuartos de final; pero todo cambió el 14 de agosto de 2001. Desde esa victoria contra Uruguay en Maracaibo, Venezuela dejó de contar historias tristes sobre su fútbol, y comenzó a ganar batallas, a enamorar a la gente.

Salió entonces a la palestra entonces Juan Arango, quien se convirtió en el primer ídolo de multitudes del balompié criollo. El zurdo de Maracay fue el Aquiles que le faltaba a la Vinotinto, uno de la misma estirpe de Galarraga, Concepción, Vizquel o ahora Cabrera. Dejó atrás a Luis Mendoza, a Gaby Miranda, a Stalin Rivas, y a tantos otros con mucho talento, pero que no se cubrieron de la gloria de la victoria que sí tuvo el 18.

Lino Alonso, asistente técnico de la selección nacional y coordinador de categorías menores de la Federación Venezolana de Fútbol comentó recientemente que los nuevos procesos del fútbol venezolano eran como las capas de una cebolla.

Y no precisamente porque produjera ganas de llorar. La Vinotinto de Richard Páez, el Táchira de 2004, la Copa América de 2007, las clasificaciones a octavos y cuartos de final del Caracas en 2007 y 2009, el Mundial Sub 20 de 2009, la Copa América 2011, la clasificación de la Sub 17 al Mundial de Emiratos Árabes y las victorias durante esta eliminatoria; son las distintas capas de esa cebolla que poco a poco se va pelando para llegar al corazón del vegetal: clasificar a Brasil 2014.

La historia de la primera gran épica del balompié venezolano.

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Sobre el autor

Pablo García Escorihuela

Periodista egresado de la UCV. Especialización en Periodismo Deportivo (USB).

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