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El valor de cada muerte

"Lo que experimento ante la muerte de cualquiera, y de una manera más vehemente e incontrovertible ante la muerte de algún pariente o un amigo, de tal o cual persona querida, incluso cuando el amor está ausente o ha sido terriblemente contrariado, hasta el desprecio o el odio, es lo siguiente, algo que no tengo ni ganas ni fuerza de demostrar como hubiera podido hacerlo con una tesis: la muerte del otro, no únicamente pero si principalmente se le ama, no anuncia una ausencia, una desaparición, el final de tal o cual vida, es decir, de la posibilidad que tiene un mundo (siempre único) de aparecer a tal vivo. La muerte proclama cada vez el final del mundo en su totalidad, el final de todo mundo posible, y cada vez el final del mundo como totalidad única, por lo tanto irremplazable y por lo tanto infinita".


Sobre esta teoría descansa Cada vez única, el fin del mundo (Pre-Textos, 2005), de Jacques Derrida, uno de los libros con los que el filósofo se despide de sus amigos fallecidos y con los que se despide del mundo todo, a la espera de su contribución con ese fin del mundo que supuso su muerte, como la de cualquier otro, siempre única.

El conjunto de textos de género diverso construye un tránsito que estima el ensayo necrológico tanto como las palabras de homenaje cercanas al fallecimiento de algún amigo. Contando siempre con los muertos y edificando una política del duelo, reúne en el volumen capital los escritos funerarios (gesto de aquea tonalidad) sobre Roland Barthes, Paul de Man, Michel Foucault, Max Loreau, JeanMarie Benoist, Louis Althusser, Edmond Jabés, Joseph N. Riddel, Michel Servière, Louis Marin, Sarah Kofman, Gilles Deleuze, Emmanuel Levinas, Jean-François Lyotard, Gérard Granel y Maurice Blanchot.

La obra, más allá de lo mucho que tiene que decirnos sobre los personajes que motivan cada escritura, identifica una teoría de la vida en la muerte. Cada vez que se encuentra frente a una muerte, el filósofo amigo no puede sino avanzar en la episteme desconsolada del fin del mundo; no como se piensa, fin material de todo lo visible, sino como escala progresiva. La repetición del mismo hecho procura el final de un todo que va muriendo con cada muerte; tan crucial y determinante cada una de ellas, en independencia de quien sea la persona que muere, que con cada muerte todos nos vamos muriendo, pues nos aproximamos al fin del mundo que cada una de ellas anuncia y recuerda.

Libro de despedidas, se despide cada vez de manera única de las muertes únicas de un grupo de personas con las que se fue terminando el mundo (y la verdad de esto es profunda y dolorosa en la generalidad de los casos luctuosos acotados por Derrida). Sin embargo, es así con todo el conjunto de seres anónimos que mueren y aquí radica la valoración compleja de cada muerte como fin también del mundo al que esas vidas pertenecían.

Acorralados como lo estamos por la muerte, el hombre busca vivir y sobrevivir.

Piensa Derrida que "Dios" significa que la muerte puede poner fin a un mundo. Piensa, también, que un mundo puede sobrevivir a otro y que siempre habrá otros mundos posibles (el final del mundo como creación del mundo). Cargado de esperanza, el filósofo se interna con su muerte única en el fin del mundo.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

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