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La mayúscula no prestigia y la minúscula no irrespeta

La mayúscula no prestigia y la minúscula no irrespeta

La mayúscula no prestigia y la minúscula no irrespeta

Una discusión colateral generada a raíz de la presentación de la Nueva ortografía de la lengua española (Real Academia Española/Asociación de Academias de la Lengua Española, 2010) fue la que tenía que ver con lo relacionado a la duplicación del género gramatical en sustantivos y adjetivos.

Corridos un par de largos años, se sigue creyendo todavía, muy cansonamente, que al hacerlo se incluye a las personas si se duplica el género (por ejemplo: "los directores y las directoras") y que se las discrimina al usarlo con un solo género referido tanto a lo masculino como a lo femenino (por ejemplo: "los trabajadores", que incluye tantos a los que son hombres como a las que son mujeres).

Auspiciando la innecesaria práctica duplicadora, maneras perturbadoras del uso y formas ajenas a la lengua (por ejemplo: "los estudiantes y las estudiantas"), se han ensayado especies anómalas de hablar y expresiones reveladoras de profunda incultura lingüística. Andrés Bello, el más grande de nuestros gramáticos, a mediados del siglo XIX, establecía que era el "uso" la norma suprema en materia de lenguaje y que nada ni nadie podía transformar, alterar, imponer o legislar en la lengua por encima de los hablantes; entidad máxima de democratización y libertad en el ejercicio oral y escrito del idioma. El cacareo era y es tópico manipulador y el empleo, impropio asunto de vergüenza e ignorancia.

La concentración en el tema de género, resquicio y remedo masivo de los Estudios Culturales en la lengua, pitiyanquismo académico cuya contradicción el funcionariado promotor y su mandonería no fue capaz de observar, dejó sin atención el interesante pormenor de la reforma ortográfica sobre la eliminación de las mayúsculas en dignidades y cargos públicos, un paso -este sí- muy reivindicativo e igualador en un mundo como el de hoy que se afana por alcanzar triunfos de esta naturaleza en la lengua, aunque nunca los alcance en la realidad, profundamente discriminadora, clasista, excluyente y totalitaria.

La Ortografía destina su importante capítulo cuarto al uso de las letras mayúsculas y minúsculas, asunto más sustantivo de lo que a primera vista pudiera creerse. Interesa observar con especial interés el apartado dedicado a los tratamientos de personas en cuanto a la escritura de las mayúsculas y minúsculas iniciales de esos cargos. El texto los define: "Las fórmulas de tratamiento son apelativos empleados para dirigirse o referirse a una persona, bien por mera cortesía, bien en función de su cargo, dignidad, jerarquía o titulación académica: usted, excelencia, majestad, monseñor, licenciado".

Se creía -y ya no- que si no se escribía con mayúsculas iniciales el cargo, dignidad o jerarquía de la persona que los tuviera o exhibiera se la estaba irrespetando o se la estaba minusvalorando. El tratamiento ortográfico que se exigía era ajeno a pormenores lingüísticos y, en cambio, estaba condicionado por factores extra gramaticales de naturaleza social y política. La reflexión se asienta en constatar las inconsistencias de estos usos en documentos actuales y en la preservación de rasgos que siguen quedando anidados, sin percibirse, como manifestaciones ultra jerárquicas y de mentalidad autoritaria.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

Histórico