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El diablo y su sillón académico

O currencia aparte, la anécdota muchas veces parece ser metáfora que adquiere a ratos realidad inesperada. El decurso biográfico de la Academia Venezolana de la Lengua, que carga con su larga historia de 130 años, señala para el sillón letra B una impronta de demonismo, pava, mala vibración y mabita de fuerte arraigo.

Santiago Key-Ayala escribe "El sillón endiablado" como preludio a su Historia en long-primer (Ávila Gráfica, 1949), libro de curiosidades sin costumbre y de saberes raros y suspicaces. Refiere el ensayo el relato de una superstición. Al crearse la academia el año 1883, por el general Guzmán Blanco, tuvo la corporación el buen tino de no olvidarse del padre del caudillo, ese "hombre de leyendas" que fuera Antonio Leocadio Guzmán, a quien prestamente se le designa para ocupar el segundo asiento de la docta institución. Llega el momento de morir y el confesor se apresta a escuchar la "última y quizá primera confesión" del ideólogo liberal. Fueron "tantos y tan graves, un verdadero Orinoco de pecados" que, se dice, enloquece el sacerdote súbita y aterradoramente. La corporación honrará a su numerario fallecido con cincuenta misas que poco influyeron en la santificación del sillón endiablado por su primer ocupante.

Poco tiempo después del suceso moría un oligarca del partido conservador, feroz contrincante del académico fallecido y que la chismografía caraqueña apodaría "don Godo". Antes de subir al paraíso, en donde tan límpido personaje debía abrazar la eternidad, quiso, caprichoso y "seguro del cielo", cerciorarse de que su opositor se estuviera quemando en el infierno y allí fue a averiguar. Recorrió salas, hornos y pailas y no encontraba al Leocadio. Inquirió a los diablillos y todos respondían lo mismo: "Pregunte usted al señor Lucifer". Y así lo hizo don Godo y, para su sorpresa y satisfacción, cuando dio con Belcebú, este le dijo que no buscara más y que se fuera tranquilo a su cielo, porque el mismísimo diablo no era otro que él mismo, el propio pater del ilustre americano.

Sabida la leyenda en la ciudad, muchos la tomaron a risa y otros la tomaron a miedo. De estos últimos, la propia Academia de la Lengua, "aterrada por haber tenido en su seno a Lucifer en persona". La corporación tomó pronto cartas en el asunto y se dio a la tarea de exorcizar el sillón B (-elcebú) y optó por elegir, a partir de ese momento, a distinguidos prelados y hombres de iglesia, dignidades apostólicas y nobles sacerdotes. La sucesión sería: el obispo Rodríguez, el padre Vizcaya, el arzobispo Castro y el padre Lobera. Los tiempos modernos continuaron el mandato purificando el sillón con el jesuita Pedro Pablo Barnola, su último ocupante religioso y director magnífico. La elección, hace décadas, de Mario Torrealba Lossi cortó la secuencia, quizá, por estar el sillón ya suficientemente santificado.

Donde hubo diablo, azufre queda. Muy recientemente, un día cualquiera de sesión, un académico mayor llegó comenzada la reunión y, al sentarse, las patas del sillón cedieron y fue a dar la maciza humanidad del consocio al rotundo suelo, con estrépito y estropicio. Luego de auxiliarlo, el sillón roto fue retirado y, al fijarnos con atención, vimos que este lucía una escalofriante letra B.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

Histórico