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El compromiso con la lengua (2)

La lingüistica, daba carta de ciudadanía a la pobreza en el hablar | Foto: Archivo Internet

La lingüistica, daba carta de ciudadanía a la pobreza en el hablar | Foto: Archivo Internet

El crítico zuliano Jesús Semprum documentaba, para el año 1906, que en Venezuela se hablaba uno de los mejores castellanos del continente y que éramos un país en donde se habían preservado los valores mayúsculos de la lengua.

Su testimonio retrospectivo queda grabado en el pórtico de su ensayo El estudio del castellano, de 1938: "Venezuela y la vecina Colombia son los dos pueblos de América menos azotados por la racha de corruptelas que vienen desmedrando, afeando y empobreciendo la lengua que hablamos". Está claro que las palabras del maestro se transformaron en una medalla y, quizá por ello, muy pronto la realidad del nuevo país comenzó a actuar en contra de ese prestigio precioso que una vez tuvo nuestro castellano.

Hicimos nuestro lecho con los laureles ganados dignamente por nuestros escritores y estudiosos decimonónicos y nos dormimos en ellos hasta que un día impreciso e inesperado nos despertamos hablando una lengua torpe y fea que ya no reconocimos como emblema de pasadas glorias. Nos abocamos, y lo hicimos bien, en compendiar y describir lo peculiar y distintivo de nuestro español y nos olvidamos que corría en paralelo una lengua general que cada vez era desmejorada sin piedad.

El maltrato se hizo frecuente en nuestras instancias públicas, en nuestras aulas, en nuestros medios de comunicación, en nuestras casas, en nuestra cotidianidad. La lingüística comenzó a alejarse de la lengua y nuestros escritores, intelectuales y artistas se solazaron, ya para siempre, en el hablar pobre y mal cuando hacían el retrato falsario del lenguaje popular, cuya nobleza se extrañaba de la caricatura. La oratoria se instaló en el insulto y la chabacanería y los medios masivos promovieron tanta escasez y tanta trivialidad que la lengua quedó reducida a la triste expresión de estas mismas promociones.

Reconocer la verdad del diagnóstico hace daño. La lengua y sus acreedores mentales y espirituales están asechando para cobrar y, más aún, ya lo están haciendo. Cada vez hablamos peor en un mundo que cada vez nos exige que hablemos más y mejor. Cada vez escribimos peor en un tiempo que cada vez nos obliga a que escribamos mejor y más.

La falta de modelos lingüísticos es general, pues todo vale aunque no valga. Los buenos modelos no impactan o resultan invisibles. La sociedad sólo busca que la escasez sea ganancia y en materia de lenguaje ella sólo se consigue pletóricamente con esfuerzo y responsabilidad.

Se ha creído que la lengua estaba ahí para cumplir con nosotros y es, en realidad, al revés. Somos los hablantes los que tenemos que cumplir con la lengua y los que tenemos con ella un compromiso de beneficio, ascenso y desarrollo. Eso que se llama la "preservación" de la lengua no es, como se cree, su petrificación en un estadio de pasadas virtudes. Nada más falso. Es el uso desarrollado, benéfico y ascendente del vehículo que nos hace inteligentes, razonadores, creativos y sensibles. Este compromiso es una exigencia personal y general. Hablar bien exige a otros que hablen bien. Exige que quienes nos hablen lo hagan bien y no con torpeza o desgana. Exige que los modelos lo sean con dignidad. La lengua reclama su uso afirmativo.

Reclama, en fin, nuestro compromiso de cuidado y cultivo.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

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