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El compromiso de la lengua (1)

La lingüistica, daba carta de ciudadanía a la pobreza en el hablar | Foto: Archivo Internet

La lingüistica, daba carta de ciudadanía a la pobreza en el hablar | Foto: Archivo Internet

Resulta curioso y extremadamente preocupante que en la patria de Bello y Baralt, en la de Acosta y Calcaño, en la de Alvarado y Rosenblat, maestros todos del estudio del idioma y nombres luminosos sobre nuestra forma de entender y auspiciar modos privilegiados de hablar (sin referir lo mucho y bueno que han hecho en este sentido los maestros venezolanos en el arte literario, de imposible enumeración), se malentienda el compromiso que los hablantes tenemos con la lengua que hablamos y escribimos y, más, que deliberadamente o no, se la adultere, maltrate, deteriore, tergiverse y transforme sin explicación coherente alguna y sin necesidad ninguna para que esto sea.

Muy atrás han quedado los tiempos hoscos del purismo y la prescripción. Mucho hizo la lingüística moderna en esta dirección con la idea de desterrar de la consideración sobre los cambios y la evolución en la lengua la especie nefasta que vigilaba y castigaba a usuarios comunes o selectos y que procedía a la crítica despiadada sobre sus modos de comportamiento lingüístico y que privaba y cohibía a unos y otros a dejar paso franco y noble para el hablar llano y expresivo, cierto y acertado de unos y otros.

Nunca la "normalidad" en el uso de la lengua fue tan reñida y nunca tan defendida como contracara de esa oscura especie de hacer lingüística.

Se creyó, entonces, que como el purismo ya había pasado (y que nadie se engañe y crea que así ha sido, pues reaparece de tanto en tanto o aflora en los momentos menos propicios) y que por ello, ahora, todo estaba permitido, ya no existían controles y cada quien podía decir y escribir lo que quisiera y como quisiera. Nada más falso y nada más engañoso.

El combate contra el purismo y el apego de la lingüística moderna al descriptivismo, la victoria de la lengua común en la consideración de la dialectología y la lexicografía, transformaron el campo de la ciencia del lenguaje y la hicieron fértil, frente a los anteriores movimientos, para que florecieran intereses poderosos en torno, ya no de los buenos hablantes o de la alta escritura literaria cuyos aportes dejaron de cautivar como tópicos de estudio, sino de lo coloquial, popular y familiar lingüístico, tanto como de lo aportado por vía de lo local, regional y nacional; actuaciones de la lengua de todos y suerte de exaltación, en abierta oposición a los credos vigentes hasta las décadas iniciales del siglo XX, de lo común (a veces, pobre) o de lo sin norma (a veces, caprichoso), de lo local (a veces, pequeño), de lo regional (a veces, ínfimo) o de lo nacional (a veces, absurdo).

En otras palabras, la lingüística, sin pretenderlo, al tiempo que vigorizaba sus objetos y métodos de estudio, daba carta de ciudadanía a la pobreza en el hablar, a la cotidianidad comunicativa y a la variabilidad excesiva de las formas; asuntos todos que en manos de hablantes poco inteligentes (que los hay) y de escritores poco adiestrados (que abundan), hizo creer que los espacios de la lengua eran tierra franca para invenciones de todo tipo y para adulteraciones de toda laya. La falsedad de estas creencias y las consecuencias fatales están a la vista y pesando cada día más en un país que fue modelo en el uso de la lengua y de su cultivo afirmativo.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

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