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Modernidad de las academias de la lengua

Hijas de la tradición, las veintidós academias de la lengua española son al día instituciones ganadas por la modernidad. Nacida la primera, la Real Academia Española, hace hoy 300 años, su gestión de entidad conductora de los cuidados hacia el idioma hizo que ampliara su prestigio a todos los ámbitos planetarios del español y que su modelo fructificara en las academias hispanoamericanas que, bajo su impronta, comenzarán a fundarse a finales del siglo XIX.

Defensoras comprometidas con una manera de hacer lingüística, las academias decimonónicas, las más o las menos, se supieron corporaciones abocadas a avalar los buenos usos y a sancionar los incorrectos. Ello hizo que se (mal) entendieran como centros de poder lingüístico conducidos por el preceptismo y por el purismo, ideales preservadores de una limpieza de sangre lingüística que solo existía en la mente de los censores, pero que nada tenía que ver con la fuerza transformadora de la lengua, ni con los usos frescos que llamaban, desde siempre, a su natural renovación. Estos roles punitivos, rotularon a las academias en general y a algunos de sus miembros en particular, de "policías correccionales" (y la formulación de este principio se la debemos a Oscar Wilde) y la estela negativa que dejaron fue nefasta, tanto que, de cuando en cuando, aflora sin que podamos comprenderla viva aún (la América hispana ha sido y es profundamente conservadora en esta materia, mucho más que España; resultado de una corriente de oposición al auge de los nacionalismos y criollismos que a más de uno mortificaba en el siglo XIX).

Felizmente, toda la situación descrita pertenece al pasado y hoy las academias de la lengua son otra cosa y pretenden otro tipo de relaciones entre el idioma y sus usuarios. En líneas generales, quieren integrarse a los mayores esfuerzos descriptivos y dejar las viejas prácticas de castigo. Se empeñan en producir gramáticas y diccionarios que nos acerquen al ideal imposible de compendiar en un libro la riqueza inmensa de la lengua. Lo hacen, y aquí radica la diferencia, nunca imponiendo los modos de hablar o escribir, sino entendiendo la lengua y haciendo que ella dicte las pautas de su funcionamiento y las vías para su desarrollo. Quieren ser vistas como instituciones vivas e integradas con la sociedad de la que son parte, hijas de su tiempo y deudoras de unos hablantes, a quienes buscan orientar y no despreciar.

Desde el año 1951, cuando se creó la Asociación de Academias de la Lengua Española, las veintidós corporaciones (la española, las hispanoamericanas, la filipina y la norteamericana) pasaron a formar parte de esta institución que, con el concierto y aprobación de todas, ha dado forma a una lingüística panhispánica que tenía y tiene como metas la aceptación de la pluralidad de usos y, más aún, ha puesto en marcha ambiciosos proyectos descriptivos basados en el principio de una norma policéntrica que respeta las diferencias entre los distintos usos del español y que no busca imponer ninguno en particular.

Así entendidas, las academias de la lengua española son, como queda dicho, corporaciones ganadas por la modernidad y por el apego generoso hacia la lengua, su razón de ser y su empeño más noble.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

Histórico