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Entonando el canto de Virchow

Su nombre encabezó las listas de científicos que se habían opuesto a los principios teóricos del gran Darwin. Granjeándose celebridad por esto o no, Rudolf Virchow, prusiano de nacimiento y convicción, fue protagonista de la ciencia de su tiempo por muchas otras razones y en muchas otras causas de investigación.

Una de estas le daría presencia en la antropología y traería su nombre, invocado como autoridad incuestionable (aunque en realidad sería muchas veces cuestionado), a la ciencia americanista del siglo XIX.

Sus estudios craneométricos fascinarán a más de un cultor de la etnología americana y harán de su método una vía válida para la clasificación cultural, refrendando parentescos y desechando filiaciones que no estuvieran respaldadas por evidencias de esta índole. Las ciencias naturales todas y muchas de las ciencias sociales se postrarán ante sus resultados y formas de análisis.

La lingüística misma, una de las disciplinas rectoras de la ciencia decimonónica, tomará partido por sus concepciones y les aportará sello propio de gran impacto. Medir y comparar los cráneos humanos tanto como espejear y mesurar las palabras serán mecanismos poderosos para la identificación etnográfica.

El impacto de estas ideas fue muy grande en Venezuela. Se popularizaron por lo que aportaban de fiabilidad cuantificable. Adolfo Ernst los consideraría, pero ya en su vertiente lingüística cuando determina la filiación aruaca y no caribe de la lengua guajira, como antes se creía. Ecos referenciales sobre el célebre patólogo tendrían hogar en las reflexiones de Samuel Darío Maldonado y Alfredo Jahn. Pero sería, entre todos, el médico Rafael Fréitez Pineda el que le aportaría a Virchow su rotundidad venezolana.

Había reunido en su laboratorio de Barquisimeto una colección de 25 cráneos de los indios ayamanes (antiguos habitantes de la localidad de Parupano, estado Lara) y este prodigio sería celebrado por todos sus contemporáneos. No conforme solamente con la información craneana indaga en el pasado lingüístico aborigen, recogiendo y ordenando una de las piezas más interesantes de la lingüística y lexicografía indígenas de su tiempo: el Vocabulario ayamán de los indios de Parupano (Tipografía Insausti, 1906). Gracias a este trabajo, logra determinar que los ayamanes eran parientes etnolingüísticos de los gayones y jirajaras y que hablaban una lengua relacionada con los troncos taínos antillanos y con los aruacas continentales (en 1946, Julio Febres Cordero daría ciudadanía a estas conclusiones). Excavará, también, en busca de objetos arqueológicos.

Participando de la pasta creadora de su ídolo germánico, la inteligencia del sabio barquisimetano germinará, al margen de sus conquistas médicas, en el invento científico: una pipa o boquilla contra la nicotina, una letrina higiénica, un aparato para extraer el aroma de las flores y otro para evitar que los automóviles se coleen y un suero para combatir el alcoholismo.

Un día cualquiera, en una de las tantas revueltas revolucionarias de provincia, irrumpirían las tropas bárbaras en su laboratorio de bacteriología y destruirían su preciosa colección.

Aniquilado, el Virchow venezolano esperaría la muerte entonando una y otra vez el canto sabio de su maestro.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

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