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Blas Bruni Celli (1925-2013)

Despedir al maestro nunca resulta tarea sencilla o grata. Una larga deuda parece ser la motivación que por mucho tiempo se tendrá para este estudioso de grandes quilates. Fueron muchos los saberes que animaron su curiosidad intelectual y su erudición. En todos los casos, la honestidad y la modestia consolidaron el carácter de su trabajo (lugares comunes que se hicieron en él hábito de permanencia). Fue impenitente en su compromiso por el estudio, al punto de entender la exigencia de la peculiar naturaleza de su vocación. En ella eran convocados un conjunto de artes y movimientos del intelecto que él supo congeniar en armónica gestión y que sólo para el observador poco afinado podían resultar una celebración discontinua de inclinaciones. Fue, con equilibrado magisterio y con ejecutorias muy reconocidas, hombre de ciencias y libros, médico y humanista, historiador y filósofo del lenguaje, traductor y helenista, compilador y coleccionista, melómano y artista del libro, bibliófilo y bibliógrafo.

Rareza donde se la encuentre, cuatro academias venezolanas lo distinguieron con su membresía y dos de ellas, la de la Historia y la de la Lengua, lo eligieron para ejercer de director y presidente. Antes, las jefaturas a las que lo elevó su profesión de médico patólogo permitieron que comandara con inteligencia y éxito el Ministerio de Sanidad. De manera muy articulada logró hacer firme su talante de servidor público y de trabajador intelectual ganado por los valores perpetuos del país (aquí resultan memorables sus tareas en torno a las ediciones de las obras completas de José María Vargas y Adolfo Ernst y del Arca de letras del padre Navarrete). Vargasiano, explora el pasado colonial y republicano para hacer lucir la contribución de nuestros médicos humanistas, quizá una forma de refrendar su propia impronta de sapiencia y filantropía (v.g. sus tratados sobre Felipe Tamariz y sobre la biblioteca de Vargas). Supo, como el que más, cuánto podían los libros actuar para la curación del espíritu y esa práctica fue siempre modo vivificador y motivo de vida (su prodigiosa obra Venezuela en cinco siglos de imprenta da cuenta virtuosa de cómo para el maestro los libros y su estudio eran magma vital).

El peso de sus años y saberes hizo de él una referencia nacional e internacional sobre temas médicos y humanísticos y recibió por ello numerosas distinciones de universidades y sociedades científicas. También, los saberes y los años lo hicieron generoso en el aplauso a la tarea de los otros y en cultivador de una amistad académica noble y justa. Actuó muy favorablemente en la renovación de las academias y las universidades identificando los relevos idóneos y ello no fue más que una forma de diseñar el mejor futuro para nuestras instituciones de pensamiento. Comprendió que la investigación bibliográfica era vitrina multiplicadora de conocimiento y motivo de reconocimiento sobre los logros alcanzados (su Bibliografía hipocrática es hoy una obra de referencia obligada para conocer y reconocer la actividad de pensar la medicina y un homenaje nutricio a la filosofía de esa actividad). La síntesis sólo quiere hoy facilitar la despedida al maestro y evadir el doloroso luto que su partida nos deja.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

Histórico