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Año literario (2)

Con el corazón enlutado por la muerte de Eduardo Blanco se estrena el año 1913. El país entona el treno desconsolado por la pérdida del grande escritor. Key-Ayala se apresta a comprender la génesis de Venezuela Heroica. Calcaño, con todavía seis años por delante, observa rígido el adiós al compañero de aulas, luchas y curules. Picón-Febres escribe en abundancia, pues el destino ya le escatima su tiempo y el oráculo se lo anuncia sin clemencia. El siglo XIX prepara resignado su adiós, ahora definitivo. Los nuevos están escribiendo y lo están haciendo validos de armas poderosas.

Sangre Patricia acaba de ver su segunda edición. Díaz Rodríguez ha rumiado su Camino de perfección y Peregrina ya hace su anunciación en la capilla del escritor. Su compañero Urbaneja fragua, no sólo la reunión de sus cuentos, sino la determinante novela ¡En este país!, relato cúspide de dolor y tragedia, unos y otra aparecidos apenas unos años más tarde. El hamletiano Pedro Emilio Coll, recién incorporado a la Academia Venezolana, está a las puertas de la segunda edición de El Castillo de Elsinor ("El diente roto" se exhibe como un saldo de prodigio en la lectura comprensiva del país). Rufino Blanco Fombona, ya exiliado, publica sus Cuentos americanos; y José Rafael Pocaterra su primera novela, esa Política feminista que terminará siendo el Doctor Bebé. Aunque Rómulo Gallegos se muestra primero con "Los aventureros" (este año 13 dará título a la primera selección de cuentos del escritor), trabaja en Reinaldo Solar, tan crucial para entender la construcción del momento literario primisecular: el ocaso de La Alborada y el anuncio firme de la Generación del 18 (la dictadura del Bagre fecunda en su oprobio el germen saludable de un arte nuevo y duradero; la repulsa convertida en generoso porvenir).

Al combatir la "prostitución literaria", el maestro dejará sellada la tragedia de la tradición en nuestra clave de cultura; la permanencia de una dañina discontinuidad, la obligada tarea del siempre estar recomenzando y la búsqueda de una huella que no quedó grabada: "Vinieron, soñaron, pasaron sin dejar huella. ¿Nos pasará así, también, a nosotros? ¿Seremos un pueblo que marcha por un arenal seguido de un viento de fatalidad que va borrando sus pasos? Los que vinieron después de ellos, los de las generaciones anteriores a la nuestra, buscaron, sin duda, y tan inútilmente como la buscamos nosotros ahora, esa huella; pero tampoco supieron dejar la suya en la tradición del arte nacional. Y así, uno tras otro, cada cual ha tenido que comenzar siendo a la vez principio y fin de sí mismo". A la espera del Canto al ingeniero de minas, Arreaza Calatrava publica este 1913 sus Odas.

La Triste y otros poemas, un libro que señala el final de su primera gestión poética modernista y el anuncio de un porvenir mayúsculo en nuestra poesía más moderna. La seña de un país moribundo, tocado por la derrota y la decadencia, son anunciados en sus versos como manifiesto hirviente de convulsiones que están a la vista. Quejumbre del "corazón enfermo de la patria", salvación mental del año literario, año y literario como cualquier otro de ese tiempo y de cualquiera, que no cesa en su empeño de enunciar las causas del mal y las rutas para el bien.

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Sobre el autor

Francisco Javier Pérez

Profesor universitario. Lexicógrafo, historiador de la lingûística y ensayista de temas literarios.

Histórico