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El último compás de la utopía

Aunque no sólo la Nueva Canción Chilena padeció la persecusión fascista, sino cualquier otra escena que también involucrara a los sones andinos en su propuesta, a causa de su vínculo con la izquierda local / Fotot: Archivo

Aunque no sólo la Nueva Canción Chilena padeció la persecusión fascista, sino cualquier otra escena que también involucrara a los sones andinos en su propuesta, a causa de su vínculo con la izquierda local / Fotot: Archivo

"Nunca he deseado mal a nadie, ésta es mi primera vez", le espetaba rabiosamente el vocalista y guitarrista Álvaro Henríquez, líder de Los Tres, a Augusto Pinochet, en el rockabilly "La primera vez" (incluido en el intitulado disco debut del cuarteto), en 1991. Así como sucedió con el grupo penquista, la banda fundamental del rock chileno de la era post dictatorial, el gobierno de facto encabezado por el militar porteño fue un tema frecuente -hasta la llegada del nuevo milenio- en el cancionero de la música popular contemporánea de la nación austral.

Esas dos décadas de oscurantismo político definieron la morfología sonora del país, a tal instancia que el nacimiento de Los Prisioneros, el grupo más importante en la historia del rock local, fue una consecuencia de la represión y la censura pinochetista. Al mismo tiempo, el exilio de millares de chilenos a Europa, en esa época, ocasionó que años más tarde los hijos de estos se convirtieran, por ejemplo, en íconos mundiales de la electrónica.

Mientras que los que regresaron a su terruño en los noventa, una vez que volvió la democracia, lo hicieron con información tan novedosa que incentivaron la modernización del panorama musical de ese lado de la cordillera, considerado hoy, junto con el mexicano, la mejor movida de habla hispana.

Que Chile sea hoy la gran potencia del hip hop en español es también una de las secuelas de la dictadura pinochetista, pues la cúpula castrense decidió contagiar al pueblo con la alegría R&B de The Commodores y Earth, Wind & Fire, construyendo inconscientemente un corredor con la cultura afroestadounidense, para opacar la canción proletaria del Clan Parra (Isabel y Ángel), al igual que Víctor Jara. Justamente, al momento del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, que el pasado miércoles cumplió 40 años, era la banda de sonido de la nación andina.

Denominada la Nueva Canción Chilena, esta escena fusionaba el folklore nacional con el heraldo rítmico tradicional latinoamericano, sirviendo de soporte a un discurso de arraigo popular, que redimía al proletariado.

Si bien fungió como vitrina propagandística de la gestión del socialista Salvador Allende, la avanzada, con epicentro en la capital chilena, y cuya pionera fue Violeta Parra, nació a mediados de los sesenta. No obstante, más que una manifestación espontánea, este movimiento fue producto de un trabajo de investigación en el que participaron asimismo los cantautores Osvaldo "Gitano" Rodríguez y Tito Fernández, aparte de agrupaciones del temple de Quilapayún.

Apenas asumió el poder, Pinochet inició una violenta cacería de brujas contra la Nueva Canción Chilena, encarcelando y hasta asesinando a sus integrantes (todos identificados con el allendismo), lo que provocó su desaparición. Si bien Ángel Parra, Inti Illimani o Payo Grondona pudieron seguir con sus carreras en el exilio, quien no vivió para contarlo fue Víctor Jara, que apareció muerto con 44 heridas de bala y sin sus manos. Casi en paralelo, el bastión discográfico de esta movida, el sello Dicap, fue aniquilado.

Aunque no sólo la Nueva Canción Chilena padeció la persecusión fascista, sino cualquier otra escena que también involucrara a los sones andinos en su propuesta, a causa de su vínculo con la izquierda local. De hecho, el ministro secretario general del gobierno de la época, el coronel Pedro Ewing, decretó: "No más quenas, no más charangos.

Ésa es música boliviana, y además upelienta". Por lo que el rock, que en aquel momento apuntaba a la fusión latinoamericana, patentada en las propuestas de Los Jaivas o Congreso, pasó a la clandestinidad.

Pero ésa es otra historia.

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