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El tobito con cuerda

La representación del segundo complejo urbanístico más alto de Venezuela derivado en barrio vertical, la Torre de David, en un capítulo de la serie Homeland , es uno de los acontecimientos audiovisuales del año. De manera tardía dejaré algunas impresiones sobre el hogar provisional del convaleciente sargento Nicholas Brody, herido en acción en Colombia.

Un rasgo muy venezolano es la preocupación sobre cómo somos percibidos afuera (ya sería suficiente tarea que nos angustiáramos por las minas terrestres de prejuicios que tenemos fronteras adentro). Nunca he vivido dentro de otra nacionalidad y no puedo opinar de manera objetiva, pero especulo que se debe a un complejo de inferioridad que tiene su contracara esquizofrénica en otro de superioridad.

Durante años he escuchado que somos los más amigables, simpáticos y echados pa’lante del mundo, los que liberamos al resto del continente y los que tenemos las mujeres más bellas, los mejores shortstops y las mayores reservas de petróleo.

Ahora gozamos también de la inflación más elevada del planeta y de un régimen político-económico sacado de una máquina del tiempo.

Quizás los superlativos orgullos, en el fondo, no están desconectados de lo que nos hace exclamar: "¡Qué vergüenza lo que dirán!".

En el capítulo de Homeland se pueden cuestionar detalles de gastronomía callejera, selección de groserías ("cabrón" y "maricón" son demasiado suaves para lo que se escucha hoy en Caracas), precisión de los grafitis chavistas (aquello de "Comandante, Miraflores no te olvida" es un tecnicismo muy abstracto), el ficticio llamado de un almuédano en la mezquita de Quebrada Honda o el acento cubanoide del cabecilla con tatuaje de araña en el cuello (la actriz colombiana Martina García, en el papel de la "jevita" Esme, tiene el cantadito más creíble).

Pero "Torre de David" (grabado en Puerto Rico, con algunas imágenes referenciales de Venezuela) da en el clavo al captar la poderosa monumentalidad de un símbolo bidireccional tanto de contundente fracaso de la modernidad como de la infinita capacidad humana de adaptación: el rascacielos concebido para oficinas de yuppies en el que se impone la cultura del tobito de plástico jalado con cuerdita como método de aprovisionamiento.

¿Que si en Homeland aparece un niño con un fusil? No es tan increíble. ¿Que hay un doctor improvisado al estilo Barrio Adentro que sentencia que "la economía murió"? Díganme si miente.

¿Que le robaron la billetera a Nicholas Brody? Desmiéntanme que un turista no sea visto como como un fajo de dólares con dos piernas.

¿Que si hay salsa puesta a todo volumen? Lo vivo todos los viernes. ¿Que si lanzaron a un malandro desde una terraza? Ocurrió en la Torre Viasa. ¿Que si aparece una prostituta practicando una felación sin que nadie se moleste por la privacidad? He presenciado escenas similares a plena luz del sol en las inmediaciones de la estación Colegio de Ingenieros.

Nada de qué avergonzarse.

En "Torre de David" se observan maleantes y colectivos armados, pero también niños por todos lados, calor de familia a 190 metros de altura y esa mayoría anónima y silenciosa que le echa pichón todos los días para llevar algo de comer a casa. Mayoría que, por la ausencia de proyectos alternativos coherentes, puede terminar convirtiéndose en cómplice de un suicidio colectivo como el de la actual política económica. ¿Por qué llegamos a "Torre de David"? Quizás el primer paso es aceptar que ese homenaje de Ho- meland a nuestro imaginario nacional es tan genuino como una estampa de Gustavo Dudamel con chaquetica tricolor y batuta en alto.

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