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La araña nacional

Con el caldo de ratas de Zacatecas (valga la acotación de que se trata de ratas de campo que tienen el cuello blanquito, no las de ciudad); la historia de Santiago, el vampiro bogotano, y la de Angélica, su paisana que se sometió a 17 operaciones estéticas, incluidas las que se hizo para revertir todo lo que se había rellenado antes, me inicié en Tabú Latinoamérica , los documentales que transmite National Geographic y que son como la Copa Libertadores de aquel Lo Increíble que conducía Eladio Lárez en los tempranos años ochenta.

La estructura es elemental e invariable. Un tema más o menos elástico que permita juntar la gimnasia con la magnesia y tres historias personales desarrolladas por episodio, todo salpicado con intervenciones de antropólogos (¿de qué vivirían si no hubiera documentales?) y otros científicos sociales.

En los siete programas que tomé como muestra conté siete casos mexicanos, siete colombianos, tres argentinos, dos brasileños, uno peruano y sólo uno venezolano, el del plato de araña mona con bachaco que prepara el chef Nelson Méndez en Puerto Ayacucho (episodio "Comidas tabú"). Las prioridades en el mercado regional de televisión paga están claras. Me resultó un poco extraño ver un documental titulado "Belleza adictiva" sin que se hiciera mención al país adoptivo de Osmel Sousa, pero no sangraré por la herida patriotera. Ya aprendí que creerse el ombligo del mundo a la larga no trae nada bueno, y que hay épocas en las que más bien a la nacionalidad de uno le conviene pasar agachada.

Mejor una araña que un diputado suplente.

"La supervivencia del más apto es la supervivencia del más guapo", afirmó Noemí, una tapatía de 63 años de edad que lucía como de 40, con la excepción de sus mejillas momificadas.

Mi programa favorito fue "Comidas tabú", en el que se mostró de manera amorosa todo el proceso de preparación del caldo mexicano de ratas, que al parecer tiene efectos revitalizantes. "¿Están fresquecitas?", preguntó un comprador ante los cuerpecillos exangües de los roedores alineados en el mercado popular, mientras el vendedor aclaraba: "Son de campo, no de alcantarilla".

En el Festival del Curruñao, en Perú, se consumen platos de gato en honor a Santa Ifigenia, aunque un criador que engorda a los felinos indicó: "Los que son mascota no se comen". No consumo carne, pero siempre he pensado que debería tributarse un respeto casi religioso a todo animal que uno toma como alimento. Fuente de proteína es fuente de proteína.

La repugnancia es cultural y no creo que haya mayor diferencia entre cerdo y rata. En el episodio "Amor extremo" aprendí los códigos de los swingers, es decir, gente que se dedica al intercambio de parejas: 1.Salubridad. 2. Discreción.

2. Cuando se dice que no, es no. Si un swinger casado llama a otro hogar para proponer un cambalache, lo ideal es que la comunicación se produzca de hombre a hombre o de mujer a mujer, para preservar las formas. "Si mi mujer goza y disfruta, yo soy feliz", aseguró un argentino llamado Daniel acerca de la experiencia de presenciar a su esposa con cinco hombres al mismo tiempo. Diana, Sergio e Israel, mexicanos de clase profesional que forman una "trieja" (los dos varones son bisexuales), me hicieron recordar la película venezolana La máxima felicidad. Me pregunté si se podría grabar un especial de Tabú Latinoamérica titulado "Política extrema", en el que se muestre a un presidente que transmite cadenas cada vez que el líder opositor hace una rueda de prensa y a unos diputados a los que se impida parlamentar y además les rompan el tabique nasal.

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