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La pesadilla de Darwin

La globalización era la panacea, el paraíso, la utopía.

Ella adornaba los discursos de la retórica oficial, así como el contenido del cine de la corrección política. Todos cabían en el cuerno de la abundancia del nuevo orden mundial.

Pero la fantasía de la integración duró poco. Diferentes eventos del siglo XXI la cancelaron. Desde entonces reina la pesadilla de Darwin, el infierno de las tensas relaciones entre Norte y Sur.

La tragedia de Lampedusa es la punta del iceberg. Imagínense el impacto del Titanic de la realidad sobre la sensible capa de hielo de la pantalla grande, siempre dispuesta a magnificar el devenir del acontecer internacional. Las consecuencias del choque son evidentes en una serie de largometrajes de estreno.

Bienvenidos a la restauración de la ley de la frontera.

Para iniciar el recorrido por la alcabala de turno, veamos el ejemplo de End of Watch, un docudrama de policías y ladrones ajustado al modelo represivo del género western. Ergo, los protagonistas uniformados, unos patrulleros de Los Ángeles, deben poner en cintura a una pandilla de forajidos chicanos.

¿Les suena conocido? Naturalmente nadie puede salir en defensa de los inmigrantes inadaptados y antisociales. Sin embargo, valdría la pena matizar el asunto. Por tanto, el defecto de End of Watch radica en la mezquindad de su enfoque. Por un lado, hay oficio para contar la historia. Por el otro, la cámara niega revelar un ángulo distinto del clásico villano latino, sediento de venganza.

Peor suerte corren los personajes mexicanos de ¿Quiénes son los Miller?, ilustrados como una mafia de narcotraficantes de baja estofa. Por supuesto, los carteles se ganaron su mala fama y ahora identifican el pánico moral de las cintas del verano. Aunque también sería interesante descubrir las dos caras de la moneda. En su descargo, la comedia protagonizada por Jennifer Aniston tiene una virtud: hacer una sátira de la riqueza fácil promovida por el ascenso del negocio de la marihuana, implicando a extranjeros y residentes de Estados Unidos. El final envuelve una ironía de contrabando. La DEA salva a la patria, apoyada por el programa de testigos. Los bandidos pagan justos por pecadores y terminan en la cárcel. La familia disfuncional de la obra aparenta redimirse en un plano bucólico. Un segundo antes de caer los créditos, el lente ubica a los antihéroes en un jardín sembrado por matas de cannabis. Es cuando Hollywood se pone rastafari.

La meca apuesta duro por la legalización de las drogas blandas y normaliza el consumo de hierba en muchas de sus producciones. Caso de This Is The End, próxima a ventilarse en salas.

Hablando de estupefacientes y conflictos étnicos, llegamos al puerto de desembarque con Capitán Phillips, estelarizada por mascadores de hojas estimulantes al abordaje de un navío conducido por Tom Hanks, el señor solemne de las lecciones paternalistas. Por instantes, el náufrago de Cast Away quiere darles una clase de ética a los piratas de Somalia. Al cierre, la fuerza militar resuelve el entuerto con tiros de precisión.

La frialdad expositiva de Paul Greengrass tampoco admite una lectura obvia. El grito desesperado del desenlace invoca la impotencia del llanto solitario de la mujer de La noche más oscura. Daños colaterales en un planeta fragmentado.


 

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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