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Ni frío ni calor

Disney vuelve a patinar sobre su pista de hielo favorita, la de las princesas y las órdenes monárquicas al borde de la extinción. La compañía siempre sueña con la fantasía de superar la crisis con base en el restablecimiento de valores tradicionales, sujetos a revisión. Dentro del esquema de la empresa, las películas exponen un viejo conflicto "gatopardiano". Todo debe cambiar solo en la apariencia para refrescar un modelo clásico de éxito comprobado, sin traicionar las expectativas de los espectadores fieles a la marca. Por tanto, Frozen es el ejemplo perfecto del paradigma del Ratón Mickey en el tercer milenio.

La cinta asume los adelantos tecnológicos de la tercera dimensión hasta sus últimas consecuencias. El filme adopta criterios de vanguardia en diseño de personajes y decorados. Deslumbra por el acabado digital de sus texturas, sus volúmenes, sus profundidades de campo.

El guión combina diversos formatos y referentes de la escuela de los años noventa, de la edad de oro. Las canciones, los secundarios y las coreografías evocan con nostalgia la etapa de La si- renita y La Bella y la Bestia .

El humor disparatado y surrealista del muñeco de nieve, motor de la risa infantil, recupera la esencia lúdica e iconoclasta de los cortometrajes fundacionales del estudio animado de Hollywood. El conflicto central reitera la obsesión de narrar cuentos de hadas protagonizados por jóvenes doncellas aristocráticas. Parte del paquete aspiracional del largometraje. La idea del reino amenazado y luego fortalecido siempre define la moraleja de las historias urdidas por la corporación. En el castillo de Frozen , la maldición del frío divide y separa a dos hermanas respectivamente pretendidas por los caballeros de la corte. Surge entonces la principal trasgresión de la fórmula convenida. Como en Valiente de Pixar, los hombres interpretan un papel de relleno, casi intrascendente, a diferencia del pasado, cuando su afecto garantizaba la salvación de las protagonistas. Ahora ellas toman el control absoluto de la trama en una reivindicación ambivalente del feminismo contemporáneo.

Por un lado, una chica se libera, soltándose el moño y siendo parcialmente condenada por ello. La persiguen, la acosan, la tachan de bruja, la obligan a recluirse en el interior del bosque. Su magia para transformar el clima y el espacio le impiden establecer contacto con los demás. Pero tampoco es feliz. Pareciera una forma de cuestionar la búsqueda de independencia fuera de la zona de confort. Por el otro, un gesto de amor de su hermana la redimirá en el predecible happy ending , trayéndola de regreso a la burbuja del melodrama. El mensaje es simple: el aprecio mutuo rompe barreras, al convertir un témpano en una brisa de primavera. Del invierno pasamos al verano. ¿Hemos visto el renacimiento creativo o la llegada de una temporada de bonanza para Disney después de muchos traspiés en el siglo XXI? El tiempo dirá. Por lo pronto, llueven las nominaciones, los premios y las críticas positivas.

Desde aquí reconocemos el avance. No obstante, invitamos a desconfiar de las recepciones ecuménicas. El auténtico cine alternativo escapa de los predios informáticos del Pato Donald.

Ahí sí podemos hablar de disidencia y experimentación, al margen de la corrección política.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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