• Caracas (Venezuela)

Al instante

blog-head

La comedia autoindulgente

Un grupo de amigos famosos se reúnen en casa de James Franco para celebrar una fiesta.

Los rostros jóvenes de Hollywood son invitados a la rumba. Todos se parodian a sí mismos: Seth Rogen, Jay Baruchel, Jonah Hill, Danny McBride y Craig Robinson.

La cinta es dirigida y producida por ellos, a modo de falso documental o de ficción realista. A Quentin Tarantino, fanático de las empresas metalinguísticas, le encantó.

Agotado el filón de la nueva comedia estadounidense, sus representantes buscan experimentar con diversas alternativas de híbridos genéricos, como el caso de I’m still here , farsa egocéntrica sobre el supuesto cambio de look de Joaquin Phoenix, cuya crisis existencial lo lleva a renunciar al mundo de la actuación para dedicarse a la música. El filme acompaña la fallida mutación del intérprete, según los códigos del reportaje y el cinema verité. Lo vemos cantando rap, portando una barba al descuido y dando pena ajena. Pero se trata de un chiste interno, de una broma personal devenida en crítica del sistema de estrellas.

La película se burla de las transformaciones absurdas y forzadas de los miembros de la meca, hastiados de soportar el peso de una imagen de por vida. El cuerpo puede ser la puerta de ingreso al paraíso del éxito o al infierno del estereotipo. Por tal motivo, cantidad de figuras entablan una lucha contra su identidad para evitar quemarse en la hoguera de la banalidad y la repetición.

Algunos no sobreviven para contarla. Otros permanecen esclavos de su efigie de héroes musculosos de los ochenta. Clint Eastwood, en dicho sentido, fue más inteligente al reinventarse como autor de un puñado de títulos magníficos. Tom Cruise, por su lado, entiende la fragilidad del mito del hombre titánico y procede a infligirle castigo a través de innumerables estrategias de deconstrucción. A veces aplica la fórmula de Robert De Niro y decide colocarse una máscara de monstruo.

Sin embargo, a la academia no le convence la oportunista mudanza de piel de los colegas de Leonardo DiCaprio, abocados al respectivo ejercicio camaleónico por mero interés de conseguir la nominación al Oscar.

En el baile de las máscaras se acaba por premiar la constancia unida a la rueda de la fortuna. De repente gusta un Tom Hanks haciendo de enfermo de sida.

Luego ignoran el trabajo de Jim Carrey queriendo lucir solemne. Cuestión de la recepción del público, de la prensa, de la taquilla. Así, This is the end sirve de terapia de exorcismo y crecimiento personal para una generación de relevo, nacida alrededor del lujo, la riqueza instantánea y la cultura del derroche de Los Ángeles.

Los chicos de los tanques del verano solo desean divertirse, fumar porros, gozar de la gloria efímera en el presente. No obstante, la condición moral de la obra los obliga a descubrir la inestabilidad de su burbuja de cristal cuando llega el apocalipsis, a la manera de un escarmiento bíblico. A partir de entonces, la primera hora funciona como una sátira de la caída de una pequeña Babilonia, la de grupo de semidioses del olimpo consumista. Después, el humor languidece al ritmo de la redundancia, el prejuicio homofóbico, el mea culpa y la autoindulgencia. This is the end fracasa en el desenlace pretendidamente rompedor, aunque conservador de cabo a rabo.

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Google Plus One:

  • Addthis Share:

Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

Histórico