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Azotes de barrio mete miedo de verdad cuando brinda protagonismo al hampa seria de Vagos y Maleantes. El Budú y el Nigga son garantía de veracidad, humor negro y contenido explícito. Pero al lado de ellos hay mucho malandro de cartón, haciendo el numerito de Archivo Criminal. La fuerza expresiva de Jackson Gutiérrez no radica en su casting de Ávila TV, sino en el retrato fiel de una zona roja controlada por garimpeiros, menores de gatillo alegre y sicarios sin complejo de culpa. La mansalva lírica del director encuentra la mira telescópica al disparar sobre la realidad del círculo vicioso de la violencia. Las balas del guión apuntan hacia el núcleo de una guerra civil no declarada, cuyas víctimas ilustran el fracaso del Estado de Derecho y la imposibilidad de concebir al esperado hombre nuevo.

Un niño es acribillado, fuera de campo, a plena luz del día. Por escalofriantes momentos, la película supera el criterio impostado de la ficción demagógica para adquirir el tono de un docudrama devastador, heredado de los tiempos de Soy un delincuente y Secuestro express. Ahora el género constata la agudización del problema a través de una estética casera a mano armada. El realizador surge de una escuela autodidacta gracias a las facilidades de la tecnología digital. Ya no es necesario estudiar una carrera para rodar un largometraje. El autor cambia su hojilla de barbero por un lente de baja definición, para proyectar la miseria de su pueblo. Comienza vendiendo sus propias cintas en el mercado paralelo y conquista sus quince minutos de fama. Hoy comparte créditos con Carlos Malavé en la cartelera. Ambos quieren reproducir el éxito económico de la primera franquicia generada en Petare. Celebramos el progreso del joven creador. El cine le permite contar la historia de su tragedia personal y colectiva.

Hasta ahí existe un acuerdo.

La ruptura del consenso llega al considerar las falencias narrativas, formales e interpretativas de su reciente trabajo, lastrado por la superficialidad y la simpleza de su anécdota. El libreto pide a gritos una revisión de sus tramas redundantes y previsibles. El asunto del romance musical es un cliché por todo el cañón, así como la muerte de la doncella y la subsiguiente operación de venganza. Rescatamos la intriga de las bandas en conflicto y el coqueteo policial con el suspenso de Los infiltrados de Scorsese. Hilarantes las intervenciones maquiavélicas de un Carlos Madera en absoluto dominio de la escena. Lamentable el descuido de los personajes de relleno, como los ladrones de alta sociedad.

El tema de la corrupción generalizada, al margen de las clases, pudo ser profundizado con mejor fortuna. El desfile de chicas explotadas resulta obvio e improductivo. Nada suman a la densidad del relato. Las convocan para sostener una visión machista de la construcción audiovisual. Bien por la incorrección política, el texto deslenguado, la amoralidad del desenlace y la renuncia a complacer el dogma contemporáneo de la censura. Si el final cierra como un bucle, Azotes de barrio logra delimitar el espacio cíclico de una ciudad podrida y distópica.

Para la próxima sólo bastaría aportar una lectura más compleja. En última instancia, el mensaje es contraproducente. Legitima al poder delictivo. Negocio riesgoso.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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