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Resistiendo a la desolación

La primera parte de El hobbit fue un calvario para los lectores de la obra original de J.R.R. Tolkien.

El director Peter Jackson sucumbía a la tentación de expandir al máximo cada anécdota del libro para cumplir con la exigencia de hacer una nueva trilogía, a la zaga de El señor de los anillos. El objetivo era principalmente comercial, pero sin descuidar el aspecto creativo. De todos modos, el crítico descubría rápido el defecto de fábrica. El guión daba tumbos y redundaba sobre la marcha, como una larga secuencia de presentación de personajes en una cabaña del bosque encantado. Entendíamos la ironía.

Los enanos, unos seres de la mitología épica, debían salvar al mundo de las garras del mal.

Así el realizador volvía a ofrecer su interpretación del género, próxima a la picaresca cervantina. Por tanto, una pandilla de Sanchos, guiada por un insólito Quijote, se encargaban de plantar cara ante los gigantes o molinos de viento de la historia. Los antihéroes, los perdedores del cuento, buscaban su revancha, al acecho de las taras sociales del código de ética establecido.

En la obra todo es un asunto de moral, de escoger el camino correcto, de resistir a los embates de los enemigos, de los orcos, de los trolls, de los egoístas, de los pobres de espíritu.

Una filosofía a menudo tildada de simplista y binaria.

En cualquier caso, la cinta disminuía el impacto de la sorpresa al repetir la aventura de Frodo en la trama de crecimiento personal de Bilbo. ¿Cuál es la diferencia con la segunda entrega? Por un lado, persiste el desacierto de estirar a juro las acciones, hasta colmar la paciencia del respetable. Al principio celebras los cambios graduales de ritmo, luego cuentas los minutos a la espera de una evolución. Por el otro costado, el libreto gana en densidad, lirismo y poder de abstracción. El blanco y negro empieza a derivar hacia una atractiva escala de grises. Los dilemas son complejos, así como los perfiles de los caracteres. Cuesta ahora distinguir al alma pura del ánimo corrompido por la fuerza de la batalla. Todos matan por el mismo deseo, movidos por un ideal de control y dominio. Semeja a las luchas intestinas de los westerns oscuros de Ford, de las cortes desangradas de Shakespeare.

El mayor atributo del autor es su forma de transmitir conceptos duros a través de una lúdica puesta en escena, marcada por sus años de Nueva Zelanda a la orden de la serie B. No hay manera de identificar la cantidad de guiños al cine clásico y de explotación.

La desolación de Smaug es una verdadera fiesta audiovisual para el amante de las fantasías hipertextuales. En cuestión de segundos pasamos de los monstruos de Universal a los justicieros de antaño con arco y flecha.

Las coreografías remiten a la sensibilidad y el sentido del humor de Keaton, v y Errol Flynn. De menos vamos a más.

En el tope del recorrido, llegamos al encuentro con el Dragón, auténtica revelación digital y conceptual de la producción. Ya no echamos en falta a Gollum. El lagarto alado yace dormido en una cuna de oro. Símbolo del robo de lo ajeno, del envilecimiento de la riqueza fácil. El único corazón noble desafía la arrogancia del reptil y tiende a doblegarlo. Caen los créditos. Esperamos por la tercera y por la definitiva derrota del saurio.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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