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Ratón moral

El Gran Gatsby | Cortesía E!

El Gran Gatsby | Cortesía E!

Se percibe un aroma a fin de fiesta, a Hollywood Babilonia. Leonardo DiCaprio yace en el fondo de una piscina, como el protagonista de Sunset Boulevard , después de celebrar el desenfreno de los años locos en su mansión de lujo. Corrían los tiempos previos a la década de la depresión. Por su parte, el Wolf Pack no logra superar su fase oral de la primera resaca en Las Vegas y vuelve a despertar con cargo de conciencia. Es la pesadilla de la juventud por siempre. La cultura hedonista tiene su precio. Por último, Jude Law resiente los efectos secundarios de su prescripción indiscriminada de drogas legales a conejillos de indias de la industria farmacéutica. ¿Consuma Prozac y sea feliz? Por lo menos hemos dado un paso adelante, desde cuando la meca tuvo la ocurrencia de filmar publicidades encubiertas para Viagra y compañía. No se les olvide Love and Other Drugs , alias Pfizer, The Movie. En consecuencia, las piezas de la semana componen un rompecabezas del esplendor y la ruina del hombre contemporáneo, acechado por diferentes amenazas de una rancia tradición machista.

El cine evalúa entonces la naturaleza del estado anímico, afectado por el ciclo del éxtasis de la bonanza a la realidad de la bancarrota. Así le ponen imágenes al ocaso de los ídolos de la prosperidad ilimitada. Al respecto, el remake de El gran Gatsby ilustra la condición bipolar de un misterioso nuevo rico, levantado a la sombra del mercado negro.

Su fortuna crece como la espuma de la champaña prohibida y apetecida por los invitados a su eterno derrape de alcurnia. Pero el personaje se siente solo y frustrado en el amor. El director Baz Luhrmann se contagia del horror al vacío del galán de la función, permitiéndole proyectar sus fantasías en formato panorámico. Sin embargo, el autor cae presa de su propio artificio en 3D, cuya definición aporta poco al deslumbrante despliegue de medios. El segundo acto disminuye la intensidad de las acciones, para explorar los dilemas del antihéroe.

A partir de ahí, las costuras del argumento salen a flote. El potentado muere al reconquistar el corazón de la niña de sus ojos, dejando tras de sí un saldo de culpa y miseria. Nos gusta el desenlace pesimista en homenaje a la obra de Fitzgerald. Hay crítica social a diestra y siniestra. El desenfreno consumista implica un riesgo de extinción. Consideramos redundante el escarmiento de la mujer adúltera, responsable de la accidentada conclusión. Para la próxima, será cuestión de buscarle un ángulo distinto al texto original. En el mismo sentido, Steven Soderbergh echa a perder la interesante denuncia de Side Effects al supeditar una conspiración colectiva a los intereses personales de una pareja de lesbianas. Ellas cargan con los platos rotos por su ambición desmedida, reivindicando a los psiquiatras abocados a recetar pastillas antidepresivas. Manera pragmática y misógina de escurrir el bulto, diluyendo el impacto de un complejo entramado de producción de píldoras. De regreso a su zona de confort, la manada de Hangover padece las secuelas de su adicción nostálgica a las rumbas desatadas. La amistad con un chino les arruina el plan de evasión, por largos minutos. La tercera entrega de la saga encarna el estancamiento de una generación negada a crecer.

Seguimos con la marcha en retroceso.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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