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Purgas y trincheras

La industria busca satisfacer las demandas de entretenimiento de los diversos sectores del mercado, al unificar los contenidos de la oferta. A pesar de sus diferencias, las películas de la cartelera dibujan el mapa de un terreno común, habitado por los mismos actores y argumentos. De un largometraje al siguiente, la identidad de los presuntos directores se disuelve entre la fórmula de una cultura líquida, apta para toda la familia. Así llegan las novedades relativas de la temporada. Para unos, meros cuentos viejos disfrazados de último grito del diseño digital. Al parecer de otros, la propiedad clásica de los relatos inmortales nunca pasa de moda y merece cualquier intento de adaptación en la contemporaneidad. De ahí brota la semilla del estreno de Jack, el cazagigantes, ilustración gráfica para adultos de la fábula del chico de las habichuelas mágicas. El realizador de la fallida Su- perman, Bryan Singer, es el agricultor contratado para llevar la cosecha al puerto seguro de las multitudes infantilizadas. De la siembra sintética del autor emerge un tallo colosal en tercera dimensión, pero reducido al mínimo desde su raíz literaria. En la superficie, el producto se vende como una enredadera cinética y fantástica de avanzada. El libreto comparte el cinismo posmoderno de la también irónica Hansel y Gretel. Por debajo, la interpretación del texto apela a una serie de esquemas agotados de la animación para niños.

En la tradición de Shrek y El señor de los anillos, el príncipe plebeyo debe salvar al reino de las garras de los monstruos, a objeto de sellar el amor a primera vista y el triunfo del bien sobre el mal. Naturalmente, las acciones solapan una inagotable fuente de ideología etnocéntrica y colonial. Los nobles caballeros del medioevo protegen su feudo de las arremetidas de los salvajes procedentes del limbo peligroso. La imagen de los villanos se identifica con rasgos amorfos e hiperbólicos de una clara ascendencia primitiva. La batalla decisiva cobra los tintes de una cruzada caricaturesca por la separación de las razas adversas. Los descendientes de la corona británica logran su cometido y expulsan a los invasores de los límites permitidos por el rey. En su costado reaccionario, la cinta justifica la tesis del apartheid, del repliegue de fronteras, del sectarismo político. Del pasado volamos al presente cuando el filme le guiña el ojo al ciudadano del Londres cosmopolita para advertirle de la fragilidad de su paz social, acechada por los enormes engendros de la alteridad periférica. Érase otra vez la manifestación de los pavores incentivados por la pesadilla terrorista y el choque de las civilizaciones. Al respecto, Ope- ración Escape plantea un conflicto similar, aunque invirtiendo los papeles de costumbre. Por minutos, es divertido el chiste por su trasgresión semiótica del tipo Marcianos al ata- que. Luego, el espectáculo decae por la banalidad del desarrollo. De origen canadiense, el largometraje somete a los aliens a la represión de los militares del vecino del norte. Se proyectan innumerables prejuicios antiestadounidenses, de la mano de la victimización de los seres del espacio. La conclusión los quiere de regreso a casa, divididos y separados.

Toca pensar en una solución distinta. La polarización no es el camino.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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