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Paños menores

Sala de cine / Archivo

Sala de cine / Archivo

Vamos saliendo de la temporada de sequía. Por un largo período cesó el chaparrón de estrenos nacionales. Fue una pausa necesaria para evitar la saturación del público, pero no ocurrió por falta de oferta. Hay una cantidad interesante de prospectos a la espera de su turno al bate. Sin embargo, muchos de ellos prefieren postergar el encuentro con la audiencia, debido a un tema de programación.

Según las reglas tácitas del gremio, existen semanas muertas durante el año. Nadie quiere competir con los tanques de la taquilla en ciertos meses. Aun así, hemos ido derribando algunos mitos y leyendas urbanas del sector de la exhibición, gracias al éxito de películas proyectadas fuera del lapso convencional. Es cuestión de tomar riesgos. Con todo, las verdades absolutas del negocio se acaban por imponer.

De ahí la esporádica desaparición de la industria nacional en las salas de cine, salvo la excepción minoritaria del cortometraje Flamingo, distribuido bajo la sombra de Gravedad y en paralelo con el tímido desempeño de Lo que tiene el otro.

Justo cuando desciende el auge de La casa del fin de los tiempos, llega al mercado El hijo de mi marido, desfile de las obsesiones, fetiches, fantasías y debilidades de José Simón Escalona, considerado el villano de la novela de la crítica. Los colegas la tendrán fácil para hacer leña del árbol caído. Por el contrario, nosotros queremos descubrir la raíz del tronco explotado por el artesano.

Luego veremos, al cierre de la nota, si coincidimos con el veredicto colectivo.

Partamos de un hecho. El productor del largometraje conoció la fama y la fortuna en el extinto RCTV, antes de su apagón oficial decretado por el gobierno. En el canal 2, José Simón Escalona despertó las simpatías del público a través de series dramáticas y de comedia, como el caso de Radio Rochela. Por consiguiente, El hijo de mi marido supone el aliviadero, la zona de desahogo de un grupo de creativos a la búsqueda de un nuevo nicho, tras el cierre de su ventana natural de exposición.

El mismo panorama acontece en el teatro. Entonces somos testigos de una migración de pantallas, de las chicas a las grandes. ¿Dónde reside el rollo, la escama? En la parálisis del contenido.

Por ende, la transición mediática no se corresponde con una evolución temática y formal. Ocurre en las tablas, dominadas por la hegemonía de la banalidad, tipo los Orgasmos de Norkys.

Sucede al contacto de las 24 imágenes por segundo. El hijo de mi marido expresa el agotamiento de un modelo, amplificado por oportunismo. La película imprime un rosario de ideas arcaicas de puesta en escena.

El guión cosifica a los personajes, subordinándolos a una red de tramas oxidadas.

Las mujeres son arpías, escaladoras, emprendedoras, desconectadas de la realidad del país. Los hombres viven sumidos en una burbuja de lujo y cartón piedra. Los homosexuales incorporan el señuelo frívolo del chiste grueso. El elenco rinde culto a un concepto apolíneo de la belleza, cercano a la política del cuerpo de los documentales de Leni Riefenstah. Involuntariamente el filme envuelve una paradoja estética y ética. Por afuera activa la risa de una ingenua desmesura folletinesca. Por dentro celebra un dudoso reinado de la apariencia kitsch al desnudo. Erotismo hueco y fashion publicitario.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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