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Cuestión de fe

Las grandes y pequeñas hazañas de los seres comunes protagonizan los dramas de éxito de la temporada. La mitología retro conserva su poder de seducción sobre las masas, fascinadas por el aura de los héroes de carne y hueso. Grosso modo, es una forma clásica de construir el relato, siguiendo las premisas de la tragedia, el guión occidental y la novela ortodoxa.

Cervantes irrumpió contra semejante tradición en el siglo XVII, al desmitificar los resortes de la épica de caballería. Las señas de identidad de El Quijote fueron recuperadas por la posmodernidad a través del distanciamiento humorístico proporcionado por la ironía. Caían las doctrinas duras y los pensamientos inflexibles. El cine ajustaba cuentas con las narrativas dogmáticas del ayer, sometiéndolas a un proceso de transgresión. La moda era burlarse y subvertir los géneros canónicos. Pasó con el western, la aventura, la ciencia ficción, el musical. Pero hoy queda muy poco de ello. En la actualidad predomina el fenómeno cultural de la "nueva sensibilidad", un eufemismo inventado por la teoría pop para disimular un obvio retroceso hacia las fuentes primigenias de la literatura y el séptimo arte.

Usted puede darle cualquier explicación antropológica al asunto. Atribuírselo a la política, a la reacción, a la crisis de ideas frescas, a la necesidad de creer en las viejas utopías, cuando las condiciones del tiempo parecen negar su existencia. De ahí también se deriva la popularidad de personajes globales como Harry Potter, Batman, Superman y los estandartes masculinos de las cintas taquilleras. La gente, ante la tentación del caos y el vacío, se refugia en las plácidas cavernas del pasado, a la espera del cese de la tempestad. Así llegan dos piezas conservadoras a la comodidad de sus salas: Mejor ni me caso y El conjuro.

Empecemos por el eslabón débil de la cadena. ¿Ya lo ubicaron? Exactamente, es la primera del binomio y resume el mal estado de la comedia empaquetada de nuestros días. Las hacen como churros, sin personalidad, amparándose en un reparto de estrellas. Ni Robert De Niro o Susan Sarandon la logran rescatar del mero entretenimiento dominguero por televisión. Es el típico argumento de enredo con un final feliz cantado en el altar. La mujer sueña en realizarse vestida de novia, el patriarca funge de príncipe azul, el cura sella el compromiso delante de los testigos. Paga usted por ver un capítulo extendido de la programación del canal Pasiones.

La segunda opción, alias El conjuro, sube un peldaño en la escalera de la semana, pero desciende al mismo nivel de simplicidad conceptual. Responsabilidad de James Wan y sus dilemas puritanos de terror. El carnicero de Saw alcanza la cúspide técnica de su carrera. Renuncia al filón de la porno tortura y se apropia, como un estudiante aplicado, de las tesis de sus maestros del suspenso. El filme es una de las plantas altas de la escuela de las casas encantadas. Asusta, despierta las neuronas de la abstracción, remite a la sabiduría espectral del legado asiático y norteamericano. ¿Cuál es su defecto? El guión. Plantea una cacería de brujas, amén de un trillado exorcismo femenino. La familia se une y encuentra la paz en la limpieza espiritual de una madre desesperada, poseída por el demonio. El evangelio según Hollywood.

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Sobre el autor

Sergio Monsalve

Crítico, documentalista, profesor, director y coproductor del programa de radio, Cinerama

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