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Es decir, la ciudad

El tiempo, José María Sert, Rockefeller Center, Nueva York / Mnemópolis | Foto: Archivo

El tiempo, José María Sert, Rockefeller Center, Nueva York / Mnemópolis | Foto: Archivo

Es decir, la ciudad

A finales de 1931, Hartley Burr Alexander, profesor de filosofía de la universidad de Southern California, fue contratado por la corporación del Rockefeller Center “para desarrollar un ‘tema para Rockefeller City’ en la ciudad de Nueva York. Alexander, en su tesis, propuso como tema central para el monumental conjunto urbano en el corazón deManhattan al Homo faber, el hombre constructor. Y lo justificó diciendo: “La civilización es lo que el hombre añade a la naturaleza. Mediante su trabajo manual y su arte éste la reconforma, moldeando el mundo para acercarlo a los deseos del corazón”.

Partiendo de allí, en todo el Rockefeller Center se colocaron grandiosas obras de arte que exaltan al obrero o el artesano, y a su ars fabrica, el arte de construir. La ciudad moderna es celebrada desde su significación originaria como la naturaleza artificial que erigen y modelan las manos humanas. Los diez murales en tonos de sepia y negro del edificio RCA pintados por el artista español José María Sert, le cantan al “nuevo dominio del hombre sobre el universo material, a su poder, a su voluntad, a su imaginación y a su genio”. En el techo del atrio principal, tres grandes figuras de pie sobre las columnas estriadas de la torre representan al pasado, al presente y al futuro. El coloso del presente, al medio, carga una balanza como símbolo de la experiencia humana. Más allá se extiende la “infinidad del espacio”, salvaje, virgen, aún por modelar, aún por fabricar...

Ese es el reto, el culto, la memoria. La fábrica. Una voz aparecida hacia 1440 -es decir, en medio del Renacimiento-, que según Coraminas en su Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, fue tomada del latín, donde significaba “taller” y “fragua”, pero también “arquitectura” y “componer, modelar, confeccionar”. Por extensión, siendo la ciudad la mayor obra de arte colectivo, cuando se habla de fábrica es a ella a quien se hace referencia, como gran cantero de todos los hombres, en perenne construcción y artificiosa confección, artística, fabril, febril… No extrañan por lo tanto los demás usos que por extensión han emanado de ella. Como el que a la Ciudad del Vaticano se le conozca también como la Veneranda fabbrica, o que “fábrica”, -¡oh, maravillas del lenguaje!-, sea sinónimo de “fábula”, de “fabulista”, de “fabuloso” y hasta de “habla”.

Valga esta indagación inicial también como filosofía de lo que construiremos virtualmente a partir de hoy en este nuevo blog al que nos convida El Nacional, uniéndonos a la vieja lucha porque nuestros mundos urbanos puedan irse acercando cada vez más a los deseos del corazón.

Mnemópolis

La ciudad que tengo enfrente es la única que realmente conozco. A fondo, profundamente, hasta el centro de la Tierra. La tengo en la mano… pero a veces me la borran. Cuando esto ocurre, el cielo se encapota, y ella se vuelve “sola y oscura”, como esa calviniana Mnemópolis descrita por Maurice Roche en el poema “Compact” (1966), que registra el Diccionario de lugares imaginarios (Manuel & Guadalupe, 1998), afamado bestiario de las arquitecturas literarias:

“Mnemópolis reproduce exactamente las circunvoluciones de un cerebro durante el sueño. Allí el viajero podrá pernoctar en el interior de alguna cavidad de memoria desvanecida. Ayudándose de sus codos y de sus antebrazos, se asomará anhelante sobre un pasado que a partir de ese momento se le vuelve inexpresable, especie de  húmedo océano. En ese instante, quizás sentirá miedo de estar completamente solo…”

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Sobre el autor

Hannia Gómez

Arquitecto. Directora de la Fundación de la Memoria Urbana. Crítico de arquitectura y ciudad

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