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Una vez más

Hace unos días en este periódico y a través de otros medios se renovaron algunas discusiones relacionadas con un tema bastante manipulado en diversas oportunidades en torno al acontecer de la cultura nacional: el papel de los museos como infraestructura destinada a la lectura del patrimonio visual, tanto en su revisión referida al arte del pasado como en el testimonio de lo que el pulso de la contemporaneidad construye en nuestro día a día.

Una vez más, como siempre, se habló de la posibilidad que representaban las galerías y los espacios no oficiales del arte actual como sustitutos de ese ejercicio estatal medianamente suspendido y de los compromisos cruciales que ellos tejían con el arte contemporáneo del país, sin olvidar las necesarias conexiones internacionales que el oficio demanda como forma de intercambio y crecimiento.

Una vez más, también, fue necesario aclarar que los espacios independientes no tienen ni la posibilidad ni el deber de suplantar la labor que le corresponde desempeñar al aparato estatal frente a sus ciudadanos. Aunque la existencia de estas resonancias amplía en mucho las dinámicas del ejercicio que artistas emergentes y de trayectoria realizan en el país, una galería de arte no posee ni los medios, ni la infraestructura, ni los insumos, ni el espacio adecuado que requiere la amplia gama de acciones desarrolladas por una colectividad de creadores en todo el territorio nacional; sumándole a ello que, a pesar de los grandes desesperos que se anclan en la producción del arte emergente ­­­–­tanto en la capital como en las regiones–, estos colectivos continúan desplegando sus esfuerzos individuales para comunicarse y crear.

No sé bien por qué, pero esta reflexión ya tan lejana y muy repetida a través del tiempo llegó en este complejo momento que vivimos como un timbre asonante que siguiera refrendando sin respuesta alguna, sobre los derechos sociales casi tapiados de una colectividad que con mayor frecuencia parece extraviarse de su camino. Todos padecemos los terribles desmanes que la violencia sin control está hincando en los pasos temerarios de todos los individuos que salen a la calle; sin embargo, las noticias más relevantes relacionadas con las demandas de la participación ciudadana del día se cierran sobre protestas por las limitaciones del negocio nacional en que se ha transformado el desequilibrio del control cambiario, o con uno de los estallidos más sorprendentes que escuché la semana pasada: el necesario cierre de un supermercado del este de la ciudad por parte de la Guardia Nacional debido a la locura colectiva, el atropello humano y las agresiones físicas que desató en los compradores la llegada al unísono de aceite, café, azúcar, papel toilette, harina y pollo.

¿Será que la lucha por la sobrevivencia nos ha desviado por completo? ¿Adónde verdaderamente estamos dirigiendo nuestras necesidades? ¿Podrá alguien concentrarse y unirse, consensuar tópicos, deliberar en grupo, brindar soluciones, colaborar con la mejor forma de solventar los abismos? ¿Dónde están las propuestas más allá de las quejas, dónde la intención cívica de querer una mejor ciudad? Todos estos silencios sostenidos me llevan a infiltrar estas preguntas abiertas que cada quien sabrá si quiere o no contestar, inquietudes que ojalá no se inscriban –como en la mayoría de las alarmas de nuestra historia reciente– por entre los linderos sin eco de un olvido sepultado.

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Sobre el autor

Lorena González

Curadora e investigadora de arte contemporáneo.

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